Acompañar, exhortar y sostener: el llamado a una iglesia madura

Rows of empty chairs in a large hall with organ.

Les exhortamos, hermanos, a que amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos.  1 Tes 5:14.

El apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Tesalónica a guiar a aquellos que vivían de manera indolente y despreocupada respecto a sus responsabilidades. Estos creyentes no solo mostraban pasividad, sino también una actitud rebelde, pues no se ocupaban en aquello que les correspondía, sin importar el área de servicio o responsabilidad que cada uno debía ejercer.

En toda iglesia existe el peligro de que algunos creyentes no participen activamente: no ofrendan (2 Co. 8:7; 9:6–12), no ponen en práctica sus dones espirituales ni apoyan a sus líderes (He. 13:17). A estos Pablo los describe como ociosos, personas que necesitan ser exhortadas con amor para involucrarse de manera real en la obra del Señor.

Cómo tratar a los creyentes osciosos. La Escritura no llama a la dureza ni al desprecio, sino al acompañamiento pastoral. Los ociosos deben ser exhortados, amonestados y guiados mediante la Palabra de Dios y el buen ejemplo. Trabajar para la iglesia no implica necesariamente una dedicación de tiempo completo, sino una disposición sincera a servir en beneficio del cuerpo de Cristo. Este énfasis atraviesa varias de las cartas paulinas (1 Ts. 1:2–3, 9–10; 2:19–20; 3:9–10).

Animar a los desalentados en la fe. Dentro de la iglesia también hay creyentes con poco ánimo. Algunos no perciben la urgencia ni el propósito de la obra del Señor, y por ello se desalientan al no ver resultados inmediatos. Otros se detienen ante la persecución, sin comprender que incluso el padecimiento forma parte de la gracia de Dios (Fil. 1:29–30).

A estos hermanos, los creyentes firmes deben acompañarlos y mostrarles las riquezas y la seguridad que tenemos en Cristo, recordándoles que nada puede separarnos de Su amor (Ro. 8:38–39).

Sostener a los débiles con amor. Los débiles en la fe son aquellos que viven llenos de dudas, que no comprenden plenamente la libertad en Cristo o que, por el contrario, se exceden en ella. Esto los hace inestables, fácilmente influenciados por doctrinas erradas (Ef. 4:14). Con ellos, la iglesia debe actuar con cuidado, procurando no ser tropiezo (1 Co. 8:9–13). Pablo es claro: los fuertes deben cargar las debilidades de los débiles (Gá. 6:1–2).

Una conclusión marcada por la paciencia. La enseñanza de Pablo culmina con un llamado claro: como creyentes, debemos actuar con paciencia y amor. Esto incluye amonestar a los indisciplinados, guiar a los perezosos y sostener a los débiles, sin murmuraciones ni actitudes arrogantes. Aunque algunos comportamientos puedan causarnos frustración, la respuesta cristiana siempre debe estar marcada por la longanimidad.

No es extraño escuchar quejas de quienes trabajan activamente en la iglesia contra aquellos que parecen no hacer nada. Sin embargo, Dios nos llama a cuidar nuestros corazones. En lugar de actuar con dureza, debemos enseñar con paciencia las necesidades del cuerpo de Cristo y ayudar a otros a descubrir cómo sus dones pueden ser de bendición. Así como alguien tuvo misericordia de nosotros y nos guió en nuestro caminar, hoy somos llamados a hacer lo mismo para la gloria de Dios y el avance del evangelio.