Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Mt 5:23–24.
Es posible acercarse a Dios con los labios y permanecer lejos con el corazón. Podemos cantar, orar, ofrendar y aun así sostener una dureza silenciosa contra un hermano. Esa religión externa tranquiliza la conciencia, pero no honra al Señor. En el Sermón del Monte, Jesús describe la justicia del reino como una realidad interna que inevitablemente se expresa en la vida visible. La adoración verdadera no se separa del amor al prójimo; la piedad que ignora la reconciliación no es devoción, sino hipocresía.
El “por lo tanto” de Mateo 5:23–24 se apoya en 5:21–22. Jesús ha enseñado que la raíz del asesinato no es solo el acto externo, sino el odio y el desprecio en el corazón. El pecado nace en una ira que degrada y en una palabra que mata (Mt. 15:19). Por eso, cuando el Señor pone al adorador en el altar, no lo hace para exaltar el rito, sino para exponer el corazón: si allí recuerda que su hermano tiene algo contra él, debe dejar la ofrenda y buscar primero la reconciliación. La prioridad es inevitable, no se puede pretender arreglar “la brecha con Dios” mientras se protege, sin arrepentimiento, la brecha con el hermano.
Esto no minimiza la adoración, la purifica. Desde el Antiguo Testamento Dios advirtió que aborrece sacrificios cuando encubren pecado: “Lávense… Cesen de hacer el mal; aprendan a hacer el bien” (Is. 1:11, 16–17). Y denunció la blasfemia de presentarse en su casa mientras se persiste en maldad: “¿vendrán… y diran: “Ya estamos salvos”; para después seguir haciendo todas estas abominaciones?” (Jer. 7:9–10). La Escritura insiste en el mismo principio: “Si observo iniquidad en mi corazón, El Señor no me escuchará” (Sal. 66:18). “El obedecer es mejor que los sacrificios” (1 S. 15:22). Jesús no inventa una ética nueva; restaura el sentido espiritual de la ley, donde el Legislador pesa los corazones (Pr. 16:2; Jer. 17:10).
La reconciliación, entonces, no es un sentimiento vago ni un “ya lo superé”. Implica ir, buscar, confesar, reparar, pedir perdón y procurar la paz hasta donde dependa de nosotros (Ro. 12:18). Si hemos pecado, no hay lugar para excusas. Si el otro está herido, debemos escuchar con mansedumbre y verdad. El orgullo religioso prefiere cantar antes que humillarse; la justicia del reino se inclina para restaurar.
Este llamado tampoco es moralismo. Solo nace de la unión con Cristo: “separados de Mí nada pueden hacer” (Jn. 15:5). El evangelio no solo manda amar; crea un pueblo reconciliado. Cristo derribó enemistades por su cruz y formó “un solo cuerpo” (Ef. 2:14–16). Por eso, pedir gracia mientras negamos gracia revela un corazón endurecido; quien dice amar a Dios y aborrece a su hermano se engaña (1 Jn. 4:20–21). No se trata de una perfección sin lucha, sino de una dirección: el creyente no hace paz con su resentimiento. Al final, nosotros no venimos a Dios para exhibir obras, sino para rendir el corazón. Nosotros adoramos mejor cuando el evangelio ha quebrado nuestro orgullo y nos hace correr hacia la reconciliación, para luego volver al altar con integridad y gratitud.
