Juan 14:24Nueva Versión Internacional
El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías, sino del Padre que me envió. Juan 14:24
Al gozar de la bendición de Dios y del privilegio de tener su Palabra en nuestras manos, cada creyente adquiere una responsabilidad delante de Él: guardar sus mandamientos. La obediencia no es opcional ni colectiva solamente; es una responsabilidad personal y espiritual de cada cristiano.
Jesús mismo enseñó que sus discípulos son identificados como hijos de Dios por su obediencia (Jn. 14:15, 21, 23). El amor que decimos tener por el Señor no se demuestra con palabras emotivas, sino con una vida que guarda sus mandamientos. De hecho, el Señor afirmó claramente que quien no guarda su Palabra, no le ama (Jn. 14:24). La obediencia es la evidencia visible de un amor genuino.
Ahora que las Escrituras están en nuestras manos, tenemos también la responsabilidad de usarlas como guía para parecernos más a Cristo (1 Jn. 2:6). La Biblia es la única fuente suficiente y autorizada para mostrarnos cómo vivir como Él vivió. Ninguna otra fuente puede reemplazar lo que Dios ya ha revelado acerca de su voluntad. En sus páginas encontramos el carácter de Cristo y el modelo perfecto que debemos imitar.
Las Escrituras no solo son el mensaje de salvación, sino también el manual para la vida diaria (1 Ts. 2:13). Son el pan espiritual que sostiene al creyente (Mt. 4:4). Pablo habló de ellas como alimento necesario para el crecimiento, pasando de lo básico a lo sólido (1 Co. 3:2). Sin este alimento constante, la vida espiritual se debilita.
Por eso Pablo exhortó a Timoteo a predicar la Palabra (2 Ti. 4:2). Solo por medio de ella se forman discípulos fieles y maduros (2 Ti. 2:2). Solo por medio de la Escritura se evangeliza correctamente y se edifican creyentes conforme a la medida de Cristo. No es la creatividad humana la que transforma corazones, sino la verdad revelada aplicada por el Espíritu Santo.
Dios no nos ha dejado desprovistos. Nos ha dado su Espíritu Santo y, por medio de Él, nos ha entregado las Escrituras para guiarnos hacia la semejanza con Cristo, el hombre perfecto. Las herramientas para la vida y la piedad ya nos han sido concedidas.
Por eso, los creyentes somos responsables de obedecer. Cuando pecamos por desobediencia, no podemos apelar a la ignorancia, pues la verdad ha sido revelada y está accesible. Incluso los incrédulos no podrán justificarse, porque la revelación general testifica del poder y la gloria de Dios (Ro. 1:18–20).
Si Dios se ha comprometido a salvarnos, a revelarse y a darnos su Palabra, lo menos que podemos hacer es estimarla, guardarla y permitir que nos santifique en toda nuestra manera de vivir (1 Pe. 1:15–16). Amar a Dios implica amar su Palabra y someter nuestra vida a ella. Ignorarla revela un corazón que desprecia la sabiduría del Señor.
Hermanos, no pequemos contra Dios descuidando su voz. Disciplinémonos para buscar en la Biblia todo lo que Él quiere de nosotros. Allí encontramos dirección, corrección y el poder transformador que nos conduce a una vida que honra verdaderamente a nuestro Señor.
