Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo; llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios. Filipenses 1:9–11
Algunos afirman que el amor es ciego, pero ese no es el amor celestial. En la oración que Pablo eleva por los filipenses, su deseo no es simplemente que amen, sino que su amor abunde más y más. Esto implica que ya practicaban el amor, pero debían crecer en él, madurarlo, perfeccionarlo. El amor que nace de Dios es santo y puro, y la Escritura nos llama a andar en ese amor (Ef. 5:1–2).
Cuando Pablo pide que el amor esté acompañado de “conocimiento verdadero y todo discernimiento”, está afirmando que el amor cristiano no se basa en emociones desordenadas ni en sentimentalismo superficial, sino en la sabiduría divina. Esto elimina la versión fantasiosa y permisiva del amor que el mundo promueve. El amor bíblico no ignora el pecado ni lo encubre; lo confronta con gracia, lo saca a la luz y lo conduce al perdón. No es un amor consentidor, sino un amor que corrige, instruye y edifica (Ro. 15:14).
El discernimiento que debe caracterizar nuestro amor implica un conocimiento profundo de Dios. Es la teología vivida en la práctica diaria. Pablo ora para que los creyentes crezcan en la comprensión de quién es Dios, porque solo así podrán amar correctamente. A medida que conocemos más al Señor, más lo amamos; y cuanto más lo amamos, más deseamos obedecerle y reflejar su carácter en nuestras relaciones.
La Biblia nos manda a amarnos unos a otros sinceramente (1 P. 1:22), pero también sabiamente. El amor natural del ser humano no se compara con el amor que Dios demanda de su pueblo. El verdadero amor cristiano nace de la intimidad con la Palabra y se somete completamente a ella. No es gobernado por impulsos humanos, sino por la verdad revelada de Dios.
Hermanos, el amor que agrada al Señor es aquel que está unido al conocimiento de Él. Es un amor que sabe escoger lo mejor, que produce pureza e irreprensibilidad mientras esperamos el día de Cristo. Conocer más al Señor no nos vuelve arrogantes; al contrario, nos humilla, nos transforma y nos hace más semejantes a Cristo.
Pidamos a Dios que nuestro amor no sea superficial, sino profundo; no sentimental, sino bíblico; no permisivo, sino santo. Que sea un amor aprobado por Él y lleno del fruto de justicia para su gloria y alabanza.
