Amor que conduce a la santidad

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Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo; llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios. Filipenses 1:9–11

El crecimiento del amor en sabiduría y conocimiento tiene un propósito muy claro: la santidad. Amar con conocimiento de Dios —de su carácter, su voluntad y su esencia— nos capacita para tomar decisiones santas, decisiones bañadas en amor y respaldadas por la verdad divina.

Un ejemplo evidente lo encontramos en la carta a los corintios. A ellos se les ordena: “Haced todas las cosas con amor” (1 Co. 16:14); sin embargo, toda la epístola está llena de exhortaciones firmes y confrontaciones directas. Esto nos enseña que el amor bíblico no es débil ni complaciente; es un amor que corrige, instruye y encamina hacia la santidad.

Amar desde el conocimiento de Dios y en sus términos, conduce a una vida irreprensible para el día de Cristo, cuando Él vuelva por su iglesia. Por lo tanto, el amor que Dios quiere que desarrollemos no es meramente intelectual ni pragmático; es espiritual, transformador y orientado hacia la santidad.

La iglesia debe preguntarse constantemente cómo manifestar ese amor que nace de Dios. Muchas comunidades se jactan de un amor altruista, pero el altruismo por sí solo no revela el verdadero conocimiento de Dios. El Señor ha sido el mayor ejemplo de entrega y amor desinteresado, y aun así fue rechazado por el mundo. Esto demuestra que el amor divino no siempre será comprendido ni celebrado por quienes no conocen a Dios.

El mundo no entiende este amor; por eso la iglesia debe vivirlo primeramente entre sus miembros. Nuestro amor mutuo, santo y sabio, es un testimonio del amor que procede de Dios.

El amor verdadero solo se desarrolla en comunión con Él. Solo puede conocerse plenamente a través de Jesucristo. Por eso el mundo no lo comprende ni lo acepta. Aunque el amor de Dios es desinteresado, debe estar acompañado de sabiduría, conocimiento y temor reverente. Este amor nos llevará, en ocasiones, a tomar decisiones difíciles, pero siempre santas y agradables al Señor.

Amar a Dios crece en la medida en que lo conocemos; y al conocerlo, la santidad se convierte en una característica visible del creyente. Este amor nos prepara para el encuentro con Cristo. El anhelo de su venida alimenta nuestra obediencia y purifica nuestra vida.

Quizá una de las razones por las que hoy la iglesia lucha con la santidad es porque no ha crecido suficientemente en el conocimiento de Dios ni vive con la expectativa ferviente de su regreso.

Hermanos, crezcamos en el conocimiento de Dios para que nuestro amor sea verdadero, santo y aprobado por Él. Que nuestro amor no sea superficial, sino maduro; no sentimental, sino bíblico; no centrado en el hombre, sino dirigido a la gloria de Dios