Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo; llenos del fruto de justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios. Filipenses 1:9–11
El amor que abunda en sabiduría produce fruto de justicia. Este fruto, como enseña Santiago, se siembra en paz por aquellos que hacen la paz (Stg. 3:18). No puede haber verdadero fruto espiritual sin paz, y no puede haber paz duradera sin el conocimiento de Dios.
El amor bíblico da evidencia visible del obrar del Espíritu. Es el fruto que distingue a los creyentes (Gá. 5:22–23). Este fruto de justicia no se limita a una experiencia interna; se manifiesta en áreas concretas de la vida, como la búsqueda de las almas perdidas (Pr. 11:30), el discipulado y el compromiso de guiar a otros hacia la verdad de Cristo.
Hay un detalle crucial en el texto de Pablo: este fruto es “por medio de Jesucristo”. No nace de la capacidad humana, ni de métodos psicológicos, ni de estrategias temporales. Es el resultado de una vida unida a Cristo. Y esto trae seguridad y humildad. Seguridad, porque lo que Cristo produce nadie lo puede arrebatar; humildad, porque reconocemos que amar como Dios manda no es natural al hombre caído. Como dijo el Señor: “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).
El amor y su fruto no son logros humanos; son regalos de la gracia divina. Dios nos concede vivir de una manera celestial, y el Espíritu da testimonio a nuestros corazones de la salvación que disfrutamos (Ef. 2:10). El propósito final de este crecimiento no es nuestra reputación, sino la gloria de Dios. Él está formando una iglesia para la alabanza de su nombre (1 Co. 10:31; Ef. 1:6, 12, 14).
Jesucristo mismo se humilló y se entregó para salvar pecadores y glorificar al Padre (Fil. 2:6–11). De la misma manera, Dios desea que su Iglesia crezca en amor para que su nombre sea exaltado. Esto no es un propósito egoísta; cuando el pueblo de Dios vive en amor y obediencia, se produce armonía, paz y el fruto del Espíritu que Él mismo concede.
Abundar en conocimiento verdadero y en todo discernimiento es un regalo que debemos cultivar. Trae gloria a Dios y también gozo a nuestras vidas y a quienes nos rodean. Todo lo que el Señor demanda de su pueblo es, en realidad, la obra que Él mismo realiza en corazones consagrados, en aquellos que mantienen la mirada en lo celestial y le buscan continuamente.
Por tanto, la clave para crecer en este amor no es el esfuerzo aislado, sino la comunión constante con Dios. Conocerlo más, depender de Cristo y desear agradarle en todo. Allí florece el amor que produce fruto eterno para la gloria de su nombre.
