Cuando todo parece perdido

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Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que ha sido aprobado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. Santiago 1:12

Muchas veces llegan a nuestras vidas situaciones difíciles: enfermedades, pobreza, debilidad espiritual o, en ocasiones, todo junto. Hay momentos en los que sentimos que todo está perdido o que nosotros mismos estamos desorientados, sin rumbo y sin fuerzas para continuar.

En esos momentos la mente suele quedarse sin respuestas. Sin embargo, un hombre que atravesó un sufrimiento extremo pudo decir:

“¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” (Job 2:10).

Esto no significa que el dolor no duela. El sufrimiento es real, y las pruebas pesan sobre el corazón. Pero Job entendió algo fundamental: Dios sigue teniendo el control, incluso cuando llegan los días oscuros. Precisamente allí es donde la fe es probada.

Por eso debemos aprender a pastorear nuestra propia alma en los días difíciles, para que nuestra adoración a Dios no disminuya por causa de las circunstancias. Al contrario, debemos aprender a alegrarnos en Él aun cuando todo alrededor parece derrumbarse. El profeta lo expresó así:

“Con todo, yo me alegraré en el Señor,
me regocijaré en el Dios de mi salvación.
El Señor Dios es mi fortaleza” (Hab. 3:18–19).

Habrá días muy duros en la vida cristiana, y algunos todavía están por venir. Pero debemos recordar que la fe que Dios nos ha dado es un regalo poderoso. Por medio de ella oramos, esperamos y confiamos en que Dios obra incluso cuando no entendemos lo que está sucediendo.

Y cuando todo parece perdido —la salud, las fuerzas o la estabilidad— aún nos queda el mayor de todos los regalos: Cristo mismo. En la cruz podemos ver el acta de nuestros pecados clavada allí (Col. 2:14–15). Esa obra nos recuerda que nuestra esperanza no depende de las circunstancias, sino de lo que Cristo ya hizo por nosotros.

Por eso ninguna situación debe robarnos el gozo de la salvación. Al final de nuestros días, la fe será el medio por el cual seremos llevados a Dios, por la gracia que tenemos en Cristo Jesús.

Habrá momentos en los que sentiremos que todo está perdido, pero en esos momentos debemos recordar una verdad fundamental: si tenemos a Cristo, tenemos lo suficiente. La fe en Él vale más que el oro, más que la plata, más que la salud o cualquier otra cosa en este mundo.

Aferrémonos entonces a esa esperanza. Dios mismo nos la ha dado para que confiemos en Él, aun en medio de las circunstancias más difíciles.