Debemos revisar nuestros corazones para que realmente estemos enfocados en lo celestial.

brown wooden box

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Mt 6:19–21.

Este no es un pasaje que llama a la pobreza, no enseña que debamos vivir en ella; lo que instruye es que no debemos poner nuestro corazón en las riquezas. Un joven que decía obedecer la ley en todo y que estaba listo para entrar al reino de los cielos, rápidamente mostró su corazón y su amor al dinero (Mt. 19:21).

Los ricos de este mundo, los creyentes que tienen dinero, deben saber que sus riquezas provienen de Dios y que todo lo que tienen es por gracia; de esta manera evitarán ser altaneros y enaltecerse por lo que tienen; es Él quien da para que los hombres se deleiten en su providencia (1 Ti. 6:17).

El problema no es querer trabajar y atesorar para las necesidades terrenales y para la familia (2 Co. 12:14); el problema está en hacer de ello el fin último de los hombres. En la época de Cristo, las inversiones se hacían en prendas de vestir, ropas lujosas e hilos dorados de alto valor; toda esta lana que componía las vestimentas era un cultivo óptimo para la polilla.

Otra manera de acumular riquezas eran los granos; tener una gran cantidad de alimento mostraba el poder de una persona. El problema es que los insectos y roedores también se deleitaban en los alimentos acumulados, los contaminaban todos, corrompiéndolos, o los ladrones hurtaban esa comida para venderla en los mercados.

La cuestión no es que ser rico sea un pecado; la Biblia no enseña tal cosa. Pero donde está el tesoro del hombre, ahí pondrá su corazón; si alguien lo coloca en la fama, trabajará duro porque ese es su tesoro añorado; si es el prestigio, trabajará arduamente para alcanzarlo. De la misma manera, los que tienen su corazón en el reino de los cielos, tengan mucho o tengan poco, invertirán toda su vida en la propagación del evangelio.

Hay ricos que ponen sus esfuerzos para el reino de los cielos (Hch. 2:45); los apóstoles en sus pobrezas, persecución y necesidades se entregaron completamente a extender el reino de los cielos. Así que no se trata de tener o no dinero; lo que Dios quiere es que revisemos nuestros corazones; si no tenemos claro dónde está nuestro tesoro, entonces seguramente no está en el reino de los cielos.

Nuestra disposición debe ser poner la mirada en el reino de los cielos y, con las fuerzas que Dios nos da y las riquezas que provienen de Él, invertir en el reino de los cielos. Hay muchos que invierten sus vidas con trabajo físico, preparación, yendo a las misiones, y otros que las invierten ejerciendo labor y haciendo riquezas para que el evangelio llegue a todo el mundo. No hay pretexto para no trabajar con un corazón puesto en lo celestial. Lo que Dios quiere que nos preguntemos es: ¿dónde está nuestro corazón? ¿Vivimos para lo terrenal o lo celestial?