Dios entre nosotros

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Wooden christmas arch with illuminated village scene

Cuando Juan declara que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1:14), nos invita a contemplar una verdad que no puede quedarse en el asombro del pesebre. La Navidad no comienza con la ternura de un recién nacido, sino con la determinación eterna de Dios de venir a morar entre pecadores para salvarlos. El Dios que creó todas las cosas no permaneció distante, sino que entró en nuestra historia caída.

La encarnación no significa que Dios dejara de ser Dios. El Hijo eterno no se transformó en algo menor, ni perdió Su gloria esencial. Él asumió una naturaleza humana verdadera, sin dejar de poseer plenamente la divina. Dios se acercó al hombre no por necesidad, sino por gracia. El Verbo se hizo carne porque la redención requería que el Salvador fuera verdaderamente hombre para representar al hombre, y verdaderamente Dios para salvarlo.

Juan usa un lenguaje cargado de significado cuando afirma que Cristo “habitó” entre nosotros. Dios no solo apareció; vino a morar. Así como en el Antiguo Testamento el Señor habitaba en medio de Israel en el tabernáculo, ahora Él mismo se presenta como la morada divina entre los hombres. En Cristo, Dios se hace accesible, visible y cercano. Ya no hay un velo que oculte Su presencia, sino una Persona que la revela.

Sin embargo, esta morada divina estuvo marcada por la humillación. El Hijo no vino rodeado de honra humana, sino que se despojó del privilegio de Su exaltación. Tomó forma de siervo y entró en un mundo que lo rechazaría. La encarnación no fue un acto de gloria externa, sino de obediencia silenciosa. Desde el inicio, el camino del Hijo apuntaba hacia la cruz.

Por eso no podemos separar el pesebre del Calvario. Cristo se encarnó para morir. Vino a habitar entre nosotros para cargar con nuestro pecado, para obedecer donde nosotros fallamos y para reconciliarnos con Dios. La cruz no fue un accidente posterior, sino el propósito redentor que daba sentido a la encarnación. El que habitó entre nosotros lo hizo para entregarse por nosotros.

Al meditar en esta verdad, somos llevados a algo más profundo que la admiración. Somos llamados a la adoración. Dios no solo se acercó; se humilló. No solo se reveló; se ofreció. La encarnación nos muestra el corazón de un Dios que ama, que busca, que salva. Nos confronta con nuestra necesidad y nos consuela con Su gracia.

La Navidad, entonces, no termina en Belén. Nos conduce a la cruz y nos eleva a la adoración. Al contemplar al Dios que habitó entre nosotros para redimirnos, nuestra alma es llamada a rendirse con reverencia, gratitud y fe. Adoramos no a un niño indefenso, sino al Salvador crucificado y glorificado, el Dios que vino a morar con nosotros para llevarnos a morar con Él para siempre.