Dios nos escogió en Cristo

A woman in a church pew holding a book, absorbed in prayerful contemplation.

Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. Efesios 1:4–6

El propósito eterno de Dios para la humanidad es una perfecta demostración de Su justicia y Su amor. Los seres humanos, perdidos en sus pecados y muertos en delitos (Ef. 2:1–2), incapaces de buscar a Cristo por sí mismos, alejados de toda posibilidad de vida eterna, necesitaban desesperadamente la gracia salvadora del Señor.

Una de las razones más profundas para adorar a Dios es comprender la verdad detrás de nuestra salvación. Dios actuó a nuestro favor para que pudiéramos ser salvos por gracia (Ef. 2:8), por medio de Jesucristo (Jn. 3:16). Él hizo posible lo que humanamente era imposible.

Debemos ser conscientes del costo de esa salvación. Dios entregó a Su Hijo para rescatarnos y trasladarnos a Su reino (Col. 1:13). Esta realidad —su amor, su misericordia y su sacrificio— es la que lleva al creyente a bendecir Su Nombre. No es algo pequeño: ser escogidos para estar sin mancha delante de Dios es una verdad que debe conmover profundamente nuestro corazón.

Estos versículos también destruyen todo orgullo humano. No fuimos nosotros quienes buscamos a Dios; fue Él quien actuó desde antes de la fundación del mundo. Al mismo tiempo, revelan el amor eterno del Padre, quien ya había dispuesto a Su Hijo para ser entregado en el tiempo señalado (1 P. 1:20).

Además, la salvación no solo nos libra del juicio (Ap. 21:8), sino que nos concede algo mucho mayor: la gloria de estar con Cristo y participar de Su presencia (Jn. 17:24). Dios nos ha dado en Él bendiciones que sobrepasan nuestra comprensión (Ro. 8:32).

Ser escogidos por Dios es una de las verdades más gloriosas que un creyente puede contemplar. No debemos olvidarla, porque al hacerlo, nuestra adoración se debilita. Recordar que somos hijos de Dios (Jn. 1:12–13) fortalece nuestra fe y nos impulsa a vivir con la mirada puesta en la eternidad, esperando el día en que seremos transformados a Su imagen (Col. 3:4).

Hermanos, no olvidemos lo que Dios ha hecho para llamarnos Sus hijos. No olvidemos el precio de nuestra redención. Que nuestra adoración no disminuya, sino que crezca cada día, llena de amor, gratitud y asombro delante de Su gracia.