El amor no tiene límites, debe siempre estar creciendo.

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Pero en cuanto al amor fraternal, no tienen necesidad de que nadie les escriba, porque ustedes mismos han sido enseñados por Dios a amarse unos a otros. Porque en verdad lo practican con todos los hermanos que están en toda Macedonia. Pero les instamos, hermanos, a que abunden en ello más y más, 1 Tes 4:9–10.

Una cuestión que los tesalonicenses tenían clara fue el amor fraternal; esta característica es digna de imitar por todas las iglesias en el mundo. El amor que ellos practicaban tenía su origen en Dios mismo; el Espíritu de Dios guio a los tesalonicenses para que su fruto creciera cada vez más (Ga 5:22–25).

Este amor de Dios es derramado en la vida de todos los creyentes (Ro 5:5), de manera que todos los creyentes conocen este amor y pueden reproducirlo y usarlo para la gloria del Señor. Cada creyente puede entonces también hacer crecer este amor, porque el mismo amor que estaba en medio de ellos por causa del Espíritu puede estar en medio de cualquier iglesia que también es guiada por el mismo Espíritu.

Los creyentes deben ser conocidos por el amor; los que dicen andar en la luz deben mostrarse amorosos (1 Jn. 2:9–10). Quienes no aman a los hermanos no pueden decirse creyentes, o al menos andan en medio de las tinieblas (1 Jn 3:14, 4:7–8, 12). Este amor no era perfecto, pero sí está bien fundamentado, es puro, santo y claramente visible.

Abundar en amor no es fácil, pero no es una tarea que deba dejarse de lado y no debe darse por sentado. Los creyentes deben trabajar para que el amor sea creciente y practicado en la iglesia; cuando se habla del amor y no se aplica, es una forma de desobediencia y pecado. Por lo tanto, los creyentes deben seguir estimulándose los unos a los otros al amor.

Prácticas como la oración, la visita, el cuidado los unos a los otros, ver por los enfermos, cuidar de los débiles, ayudar a los enfermos, dar tiempo a escuchar a los hermanos y a sus problemas para cargar los unos de los otros con las necesidades son prácticas que no requieren más que un deseo verdadero y un amor que solo puede provenir del Espíritu.

Lo que la Escritura nos manda es que nos preocupemos por demostrar la luz que hay en nosotros en medio de la comunión de los santos. El amor solo se puede mostrar en el seno de la iglesia y de ahí la importancia de que los creyentes tengan una sana comunión y un buen estímulo a congregarse. Hermanos, si la Biblia se preocupa en tantos pasajes, en tantos libros, en enseñarnos a que nos amemos, debe ser una prioridad máxima en nuestras vidas.