El amor que nace de la justicia de Cristo

Avatar de Daniel Noyola
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»Ustedes han oído que se dijo: “AMARÁS A TU PRÓJIMO y odiarás a tu enemigo”. »Pero Yo les digo: amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen, para que ustedes sean hijos de su Padre que está en los cielos; porque Él hace salir Su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. »Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa tienen? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? »Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? »Por tanto, sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto»

Mateo 5:43–48

El corazón humano sabe amar mientras no sea herido. Cuando aparece el agravio, la traición o la persecución, surge con rapidez el deseo de protegerse, justificarse y devolver mal por mal. Ese impulso brota del “yo” que se defiende y de una justicia que se mide por compararse con los demás. Jesús, al final de sus antítesis, expone ese amor reducido y lo confronta con la justicia del Reino, una justicia que no se conforma con lo socialmente aceptable ni con la religión que se ama a sí misma.

El mandamiento de amar al prójimo nunca fue limitado al círculo de los que nos rodean. La tradición lo redujo, añadió el odio al enemigo y llamó a eso fidelidad. Cristo, con autoridad divina, restituye la voluntad del Padre: amar a los enemigos y orar por quienes persiguen. No es una ética ingenua ni una renuncia a la justicia, sino la manifestación de una vida que ya no gira en torno al yo. El amor del Reino es continuo, deliberado y costoso, porque brota de una fuente distinta.

Jesús fundamenta este amor en el carácter del Padre. Dios muestra una bondad real y paciente sobre malos y buenos. Su gracia común no se distribuye por mérito. Por eso, amar solo a quienes nos aman no distingue al discípulo. Esa justicia es común, predecible y profundamente humana. La justicia del Reino, en cambio, excede porque refleja a Dios mismo. “Sean perfectos” no es una invitación al perfeccionismo moral, sino un llamado a mirar la norma verdadera: el Padre. Esa exigencia revela que no podemos cumplirla por nosotros mismos.

Aquí el texto nos conduce inevitablemente a Cristo. Solo en Él hay rectitud verdadera, libertad real y paz duradera. Nuestra justicia no es un logro personal, sino un don recibido. Unidos a Cristo, su vida comienza a expresarse en nosotros. Por eso podemos amar cuando humanamente no queremos, orar cuando el dolor persiste y descansar cuando obedecer cuesta. No avanzamos confiados en nuestra fuerza, sino aferrados a Aquel que ya venció la noche, rompió las cadenas y derrotó la muerte.

Somos  llamados a morir al yo que exige revancha y a vivir desde una identidad segura: no somos condenados, no estamos olvidados, no estamos solos. Cuando el enemigo hiere y la obediencia duele, descansamos en Dios, confiando en que Él obra aun por medio del sufrimiento fiel. Y nosotros, al final, solo podemos confesar juntos lo que sostiene toda la vida cristiana: no somos nosotros, sino Cristo en nosotros, nuestra única esperanza y gloria.