El amor se manifiesta en cuidar el corazón de los que sufren.

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Por lo cual, no pudiendo soportarlo más, pensamos que era mejor quedarnos solos en Atenas.    Enviamos a Timoteo, nuestro hermano y colaborador de Dios en el evangelio de Cristo, para fortalecerlos y alentarlos respecto a la fe de ustedes; a fin de que nadie se inquiete por causa de estas aflicciones, porque ustedes mismos saben que para esto hemos sido destinados. 1 Tes 3:1–3.

Después de que Pablo quiso ir a Tesalónica y la persecución que había contra los creyentes le impidió emprender el viaje, el corazón de Pablo seguía con la inquietud acerca de los creyentes. Pablo tenía un corazón pastoral; estaba dispuesto a gastarse a sí mismo por las ovejas del Señor para que estas estuvieran cómodas, aunque él sufriera (2 Co. 12:15); eso se ve reflejado en estas palabras: no podía soportar vivir sin saber qué había sido de ellos.

Pero no solo se quedó en la intención y en el amor a la distancia; actuaban en favor de la iglesia, enviaron a Timoteo; Pablo y Silas se quedaron en Atenas haciendo la obra del ministerio (Hch. 17:14, 15, 18:5). Timoteo era un colaborador del evangelio, era un trabajador más de la causa de Cristo y un predicador del evangelio (1 Ti. 1:18; 6:12).

La tarea de Timoteo era confortar a los creyentes en medio de las tribulaciones que vivían, animar a quienes por el dolor de las circunstancias estaban debilitados y, por las persecuciones, quizá algunos desanimados. Pero para ello era necesario enviar a Timoteo para que los corazones de ellos se reanimaran en medio de tanto sufrimiento.

Los creyentes no deberían estar sorprendidos de lo que estaba sucediendo debido a que es lo que se espera en medio de la sociedad incrédula y lo que probablemente vieron que sucedió a Pablo. El Apóstol les recuerda que para ese tipo de sufrimiento es que han sido llamados y que el evangelio y las promesas que trae superan todo dolor terrenal.

Cuando los creyentes sufrimos como lo hicieron estos hermanos, debemos seguir las pisadas de ellos en el sufrimiento, amarnos los unos a los otros y aferrarnos a la verdad gloriosa del Cristo para andar a la luz del evangelio (Ef. 1:18–19); el consuelo del creyente es Cristo y las verdades que hemos creído de Él (2 Ts. 2:16–17). El deber de los creyentes es cuidar a los perseguidos y a los que sufren por amor al evangelio.

Las tribulaciones que este mundo ofrece son muchas, pero la esperanza en gloria con Cristo es superior a todas ellas, y ahora los creyentes que son perseguidos o que sufren a causa de este mundo de pecado solo pueden poner su mirada en esas promesas para soportar los embates del enemigo, pero con la vista en el autor y consumador de la fe hasta terminar la carrera (He 12:1-2).