Ahora, pues, que el mismo Dios y Padre nuestro, y Jesús nuestro Señor, dirijan nuestro camino a ustedes. Que el Señor los haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos, como también nosotros lo hacemos para con ustedes; a fin de que Él afirme sus corazones irreprensibles en santidad delante de nuestro Dios y Padre, en la venida de nuestro Señor Jesús con todos Sus santos. 1 Tes 3:11–13.
La oración al final de este capítulo en favor de los de Tesalónica se puede dividir en dos áreas: la oración personal y la pastoral. Pablo pide a Dios que le permita ver el rostro de los creyentes, de sus hermanos a los que por la persecución no ha podido visitar, a esos tan amados creyentes, sus hijos en la fe.
La oración pastoral de Pablo va encaminada al crecimiento de la vida de los creyentes, que no se queden como están, sino que mejoren para la gloria de Dios. Primero, el amor, que ellos crezcan en amarse los unos a los otros, una oración recurrente en el apóstol (Col. 2:2; 3:14). Lo que Pablo entendía era que el amor no solo se mostraba y se predicaba; también se oraba para que el fruto que viene de parte de Dios (2 Ts. 1:3), el amor, se cultivara en la oración, para que solo el verdadero amor fluyera entre los cristianos.
El fin de este amor y de esta oración es que el corazón de los creyentes se afirme y para que sean irreprensibles en una vida de plena santidad. El deseo profundo del corazón de Pablo es que todas las áreas de la vida de los creyentes crezcan. El amor a Dios los llevará a una vida pura; el amor a los hermanos los conducirá a ser irreprensibles en su forma de actuar. La santidad no es una cuestión aislada que se predica y ya; la santidad fluye cuando hay un amor reverente y temeroso al Señor y un amor genuino al prójimo.
Los creyentes deben estar preparados para la venida y el encuentro con el Señor Jesús; Él vendrá y ciertamente lo hará. Los cristianos debemos vivir anhelando esa venida, ese día de encuentro, donde ya no habrá separación. La única manera de estar preparados es dejando que fluya el amor por Cristo y por los hermanos en santificación.
Quienes anhelan a Cristo y lo aman lo demuestran en amor, en pureza y en perseverancia; la verdadera iglesia muestra su amor por el Señor, abundando en el fruto del Espíritu (Gá 5:22–26). Esta oración apostólica también nos muestra que debemos orar los unos por los otros para que fluya el amor de Cristo en cada uno, que ese amor no se quede en palabras, que accione y se convierta en una realidad, que se manifieste por el poder del Espíritu.
Oremos así los unos por los otros, que el fruto del Espíritu crezca en cada uno, que el amor por Dios aumente cada día y que los corazones se afirmen en la esperanza del retorno de Jesucristo. Cuando cada uno de nosotros haya alcanzado tal cosa, la santificación será una realidad y la perseverancia será nuestra cotidianidad. El trabajo en el Señor es mucho y se necesita fidelidad de cada creyente; oremos para que sea el Señor el que la dé a su pueblo.
