El creyente debe apartarse de la maldad.

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Absténganse de toda forma de mal. (1 Tesalonicenses 5:22)

Vivimos en un mundo marcado por la maldad, donde los conflictos y la crispación parecen aumentar cada día. Las redes sociales y la sobreinformación han hecho que el mal sea más visible y constante. Sin embargo, el mayor desafío para los cristianos no es solo reconocer lo malo, sino aprender a discernir entre lo que parece bueno y lo que realmente es bueno delante de Dios.

La lucha contra el pecado es una realidad permanente en la vida del creyente. Esta batalla nos acompañará mientras estemos en este mundo y ninguno debería pensar que la enfrenta en soledad (Ro. 7:14–25). Algunos pueden sentirse avergonzados de sus luchas, pero todas apuntan en una misma dirección: abstenerse del mal. Aunque las tentaciones sean distintas, no debemos escandalizarnos unos a otros, sino acompañar y sostener a quienes buscan refugio en Cristo para vencer el pecado.

La Escritura describe la vida cristiana como una batalla espiritual (1 Ti. 6:12–13). Por eso, debemos asumirla con seriedad y esforzarnos por vivir conforme a la vida que hemos recibido en Cristo. Hacer el bien no es un acto ocasional, sino una convicción profunda que se expresa en una manera de vivir que honra al Señor y anhela reflejar su carácter (Sal. 34:12–15).

Abstenerse del mal también exige discernimiento espiritual. El mal suele disfrazarse de bien, y para no caer en el engaño es necesario conocer la voluntad de Dios, caminar en ella y permanecer alertas ante las artimañas del enemigo. Guardarse del mal es una tarea seria que no debe ser subestimada ni descuidada.

Además, los creyentes deben cuidarse no solo del mal evidente, sino también de las apariencias de maldad. Hay acciones que, aunque en sí mismas no sean pecaminosas, pueden ser malinterpretadas y convertirse en tropiezo para otros. Caminar en la luz implica vivir de tal manera que quienes nos observan puedan reconocer la integridad y la coherencia de nuestra fe en Cristo.

Hermanos, cuidemos nuestras vidas y andemos en la luz. La Palabra nos llama a huir de pecados como la inmoralidad y la idolatría, entre muchos otros (1 Co. 6:18; 10:14). Abstenerse del mal es una tarea que solo terminará cuando estemos con el Señor. Y si en algún momento caemos en la batalla, recordemos que la victoria es de Cristo, quien ha provisto perdón y vida eterna para sus hijos (1 Jn. 2:1–2). La victoria está asegurada en Él, pero nuestro llamado sigue siendo claro: abstenernos de toda forma de mal.