No desprecien las profecías. Antes bien, examínenlo todo cuidadosamente; retengan lo bueno. (1 Tesalonicenses 5:20–21)
El deber de todo cristiano es estar dispuesto a escuchar la voz de Dios. Tanto el corazón como la mente deben permanecer sensibles y atentos a la dirección del Señor (cf. Ro. 12:6). Cuando la Escritura habla de profecía, en este contexto particular se refiere a la predicación y a la enseñanza fiel de la Palabra de Dios. Esta debe ocupar un lugar central en la vida de la iglesia y en su adoración; sin la Palabra no existe una adoración verdadera ni aceptable delante de Dios.
Por esta razón, los creyentes no deben menospreciar las Escrituras. Solo la Palabra de Dios tiene el poder de restaurar el alma (Sal. 19:7), permanece para siempre (Mt. 5:18) y es indispensable para el crecimiento espiritual y la piedad del creyente (Sal. 19:7–11). Además, es útil para llevar a los hijos de Dios a la madurez espiritual, equipándolos para toda buena obra (2 Ti. 3:15–17).
Las Escrituras son suficientes para atender las necesidades espirituales de los creyentes y también para conducir a los incrédulos a la salvación (Jn. 5:24). El poder de la Palabra debe llevarnos a reflexionar profundamente sobre nuestra dependencia de ella, pues cuanto más conscientes somos de su autoridad, mayor será nuestra sujeción a Dios.
Sin embargo, es necesario ejercer discernimiento. No toda predicación que circula hoy en redes sociales es fiel a Dios ni a su verdad. Por ello, los cristianos deben cultivar el hábito constante de leer las Escrituras y depender del Espíritu Santo más que de la popularidad de ciertos predicadores. Muchas discusiones innecesarias surgen cuando los creyentes confían más en voces humanas que en la guía del Espíritu.
En medio de un mundo lleno de engañadores (1 Ti. 4:1–6), solo los creyentes entrenados en la Palabra de Dios y dependientes del Espíritu Santo pueden discernir entre la verdad y el error. Debemos amar la profecía, pero también comprender que Dios ha provisto todo lo necesario para que cada cristiano entienda lo que Él ha revelado por medio de la Escritura inspirada. La Biblia está delante de nosotros como un llamado constante a escuchar y obedecer la voz de Dios.
Hermanos, cultivemos un amor genuino por la Palabra de Dios. Demos gracias porque Él nos ha dejado su testimonio para guiarnos en la verdad. No debemos menospreciar las Escrituras ni la predicación bíblica en nuestras iglesias, pero sí ser diligentes en discernir el error de la verdad, pues de ello daremos cuenta a Dios.
Si el Señor ya nos ha revelado la verdad del evangelio, no podremos alegar ignorancia ni engaño delante de Él. Es nuestra responsabilidad amar la verdad, retener lo bueno y rechazar las mentiras que intentan infiltrarse en nuestras vidas por medio de tantos falsos maestros.
