Pero les rogamos, hermanos, que reconozcan a los que con diligencia trabajan entre ustedes, y los dirigen en el Señor y los instruyen, y que los tengan en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo. Vivan en paz los unos con los otros. 1 Tes 5:12–13.
Conseguir pastores para la iglesia local es una tarea cada vez más compleja. Los requisitos bíblicos para el ministerio pastoral son elevados y la labor es exigente; por ello, son pocos los hombres que hoy se dedican de manera plena al ministerio, y también son limitados quienes se postulan para asumir esta responsabilidad. Ante esta realidad, muchos han optado por servir al Señor de manera parcial o bivocacional, lo cual, aunque legítimo en ciertos contextos, añade desafíos significativos al ejercicio del ministerio.
En este escenario, la iglesia —como comunidad responsable— debe reconocer y honrar a quienes trabajan arduamente en la obra del ministerio. La Escritura exhorta a respetar y valorar a aquellos que invierten su tiempo, energías y dones para el bienestar espiritual de la congregación. Asimismo, la Biblia establece que la iglesia tiene la responsabilidad de sostener económicamente a sus pastores, especialmente a quienes se dedican de tiempo completo, de modo que puedan atender dignamente sus necesidades básicas. El apóstol Pablo afirma que “los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor” (1 Ti 5:17), y enseña que el Señor ordenó que quienes anuncian el evangelio vivan del evangelio (1 Co 9:14).
Esta enseñanza se refuerza con el principio bíblico de no “poner bozal al buey que trilla” (1 Ti 5:18), expresión que, en términos sencillos, señala que la iglesia no debe privar del sustento a quienes Dios ha llamado a la predicación y al liderazgo espiritual. Lamentablemente, en algunos contextos eclesiales, la falta de compromiso financiero ha desalentado a muchos hombres llamados por Dios a dedicarse plenamente al ministerio pastoral.
Desde una perspectiva práctica y económica, en ciertas circunstancias resulta incluso irresponsable exigir una dedicación exclusiva al ministerio cuando no existe un apoyo adecuado por parte de la iglesia. Esto ha llevado a que algunos pastores se vean obligados a relegar el ministerio a un segundo plano y a ocuparse de otros asuntos para su sustento (cf. 2 Ti 2:4). Aunque esta afirmación puede parecer dura, refleja la realidad que enfrentan muchas iglesias, especialmente aquellas de carácter independiente. No obstante, el mandato bíblico permanece: la iglesia debe honrar a quienes trabajan arduamente en la obra del Señor, cuyo servicio es evidente y constante.
Desde una perspectiva bíblica, el reconocimiento pastoral no debe ser apresurado ni impuesto. Antes de ser reconocidos formalmente, los hombres deben demostrar fidelidad, esfuerzo y compromiso en el servicio a la iglesia local. Por esta razón, dicho reconocimiento no corresponde a personas desconocidas o ajenas a la congregación, sino a aquellos cuya vida y ministerio han sido observados con detenimiento. La Escritura establece criterios claros para ello, como se expresa en 1 Timoteo 3:1–7.
Algunos han señalado que quienes se ofrecen para el ministerio pastoral suelen ser personas mayores o cercanas a la jubilación, mientras que los jóvenes priorizan sus estudios, trabajos o negocios, postergando el ministerio para etapas posteriores de la vida. Esta puede ser una percepción frecuente en ciertos contextos; sin embargo, Dios continúa llamando a hombres de todas las edades para servir en su obra y los incorpora a su cuerpo con el propósito de edificar a los santos.
Por tanto, hermanos, si en medio de la iglesia local se identifican hombres capacitados por Dios, que cumplen con los requisitos bíblicos y sirven con diligencia, no debemos actuar con indiferencia ni cerrar nuestras manos. El Dios todopoderoso, que llama y prepara a siervos fieles, espera que su iglesia responda con fidelidad, reconociendo y sosteniendo a quienes trabajan arduamente en el ministerio para la gloria de su nombre.
