El deber de la iglesia delante de Dios es reconocer a los que arduamente trabajan para ellos. Prt 2.

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Pero les rogamos hermanos, que reconozcan a los que con diligencia trabajan entre ustedes, y los dirigen en el Señor y los instruyen, y que los tengan en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo. Vivan en paz los unos con los otros. 1 Tes 5:12–13.

Cuidar de los pastores no se limita únicamente a reconocer su labor o a proveer una remuneración justa —aunque esto último es importante—; existen muchas otras formas concretas en las que la iglesia puede expresar amor y gratitud hacia quienes sirven en el ministerio pastoral. El reconocimiento respetuoso, el sometimiento voluntario y una actitud de estima sincera forman parte de ese cuidado. La iglesia está llamada a valorar profundamente a quienes se sacrifican por guiarla en la verdad de Cristo, tal como los gálatas lo hicieron con el apóstol Pablo (Gá. 4:14–15).

En esta relación, los creyentes deben aprender a vivir en paz con sus pastores. Las ovejas no deben convertirse en causa de constante frustración, impaciencia u oposición innecesaria. La Escritura exhorta a obedecer a los pastores para que su labor sea realizada con gozo y no con tristeza, pues esto redunda en beneficio de toda la congregación (He. 13:17).

La iglesia también demuestra su amor cuando ora fervientemente por sus pastores, por el ministerio que desempeñan y por sus familias, quienes muchas veces comparten el peso de esa vocación. La esposa del pastor, por ejemplo, suele involucrarse en la consejería, la hospitalidad o las visitas pastorales, asumiendo cargas que no siempre son visibles. Estas responsabilidades pueden traer cansancio y desgaste emocional, tanto para el pastor como para su familia.

Cuidar de las almas de los pastores debe ser también una prioridad para la iglesia. La congregación no debe olvidar que el pastor es, ante todo, un creyente con necesidades, anhelos, luchas internas y conflictos del corazón. La iglesia debe ser un lugar seguro también para él. Aunque muchas veces las ovejas no comprenden plenamente las batallas que enfrenta un pastor, pueden acompañarlo con gracia, oración y cercanía en su caminar cristiano.

El compañerismo es otro aspecto fundamental en la vida pastoral. Los pastores también están en proceso de ser transformados a la imagen de Jesucristo; luchan contra el pecado, la soledad, el cansancio y el peso del ministerio en medio de un mundo caído (He. 12:1–3). En este sentido, la iglesia está llamada a practicar una hospitalidad genuina: caminar junto a sus pastores, sostenerlos como hermanos en la fe y no solo verlos como proveedores de servicios espirituales.

Hermanos, el ministerio pastoral es una obra que demanda un gran esfuerzo físico, emocional y, en muchos casos, económico. No olvidemos que es Dios mismo quien ha establecido a los pastores para cuidar a su pueblo, protegerlo del error y guiarlo en el camino de la santidad. Por ello, no los dejemos solos ni en la obra del ministerio ni en sus luchas personales. Oremos por ellos y con ellos, cuidemos su corazón, para que puedan servir con gozo y fidelidad en la tarea que Dios les ha encomendado.