El fruto del Espíritu es real y genuino, de manera que trae gozo al verlo.

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Pero ahora Timoteo ha regresado de ustedes a nosotros, y nos ha traído buenas noticias de su fe y amor y de que siempre tienen buen recuerdo de nosotros, anhelando vernos, como también nosotros a ustedes. Por eso, hermanos, en toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados respecto a ustedes por medio de su fe. Porque ahora sí que vivimos, si ustedes están firmes en el Señor.  1 Tes 3:6–8

Cuando Pablo se preocupó por los hermanos y sus persecuciones, hizo lo necesario para saber realmente de los creyentes; envió a Timoteo. Cuando vuelve con las noticias de aquel grupo de creyentes y de sus acciones, esto trae tranquilidad al apóstol y regocijo en su corazón al oír cómo la fe de ellos crecía.

La fe y el amor en los tesalonicenses es un aspecto poderoso de su identidad; cada creyente había mejorado y crecido de una manera tan grande que dejaron de ser niños espirituales rápidamente y se convirtieron en ejemplo en toda la región (1 Ts 1:8–10). La semilla del evangelio que creció en ellos dio tan buen fruto que es sorprendente; pocas iglesias en la actualidad pueden decir que han crecido a ese ritmo y con esa calidad.

El anhelo que ellos tenían por ver a Pablo era recíproco, más ahora al saberse que ellos están yendo por el camino de la verdad. La alegría que esto puede causar es impresionante; es el gozo de saber que la obra del Señor lleva fruto y que Dios la sustenta.

Las noticias aliviaron a Pablo, de manera que se sintió consolado por causa de las noticias recibidas; ellos habían sido fuertes y se sostuvieron a pesar de la persecución; eso es lo que se espera de los verdaderos creyentes (1 Co. 16:13).

Hermanos, es muy difícil saber cuál sería el fruto nuestro si estuviéramos en la condición de los hermanos de Tesalónica. Lo que sí podemos ver y comparar con la vida de ellos es nuestra firmeza en el evangelio y los frutos de una fe genuina; si en medio de la paz que vivimos la fe nuestra no es firme, no lo sería en medio de la persecución.

El fruto del Espíritu se puede intentar imitar, pero es imposible falsificarlo, puesto que viene de Él. Muchos quieren poner una serie de pretextos para vivir una vida desordenada y al mismo tiempo decir y defender su fe en Cristo, pero eso no es lo que las Escrituras enseñan, ya que el fruto de Dios se da en las circunstancias más hostiles y en la tierra más fértil y de la misma calidad, puesto que es divino.

Piense en esto: ¿Qué pasaría si una persona, al pasar de los tiempos, viene a ver cómo están sus frutos espirituales, su vida en relación con el Señor? ¿Estaría contento al verlo o se entristecería? La realidad es que nadie va a venir a hacer esto como sucedió en Tesalónica, pero el Señor lo ve y lo sabe todo y a Él daremos cuenta y eso debería ser suficiente motivación para vivir santa y piadosamente en medio de este mundo de pecado.