Con sabiduría fundó el SEÑOR la tierra, con inteligencia estableció los cielos. Con su conocimiento los abismos fueron divididos y los cielos destilan rocío. Pr 3:19.
Cuando se dice que el necio desprecia la sabiduría, parece no tener tanto sentido hasta que llegamos a estos versículos: la sabiduría de Dios hizo realidad todas las cosas visibles, los cielos y la tierra, los abismos fueron divididos y la lluvia establecida desde el cielo. Los incrédulos piden señales de la existencia de Dios, pero su corazón está entenebrecido (Salmo 14:1); su necedad les impide ver al creador.
Otra vez la Biblia recalca que la sabiduría de Dios es palpable, su eterno poder y deidad se pueden observar (Rom 1:20); el problema es que el necio no entiende de sabiduría ni quiere comprender. Dios fundó los cielos y la tierra con ella y, al hacerse visible su gloria y su poder, el hombre decidió no obedecer ni glorificar a Dios (Rom 1:21–23); esto los hará inexcusables.
Cuando el creyente ve la manifestación de la gloria de Dios y las atesora en su corazón, cuando se vuelve un adorador, entonces vivirá en paz, al tener el conocimiento de que la omnipotencia y la sabiduría que gobiernan el universo son divinas. El sabio puede reposar en el Señor; no importa lo que venga de día o de noche, lo que trame el enemigo, todo lo que suceda está bajo su control, en su santa sabiduría ya Él lo determinó.
Las personas incrédulas viven en un completo afán por salvar el planeta. Piensan que los peores problemas que tiene el mundo son la contaminación, la sobrepoblación, entre otros, que han inventado para hacerse creer ellos mismos que son dioses. Estos se creen dioses; pero no pueden evitar que algo que no controlan, no hicieron ni conocen, ni está en sus manos sea transformado, desfigurado o destruido por su verdadero Creador.
Los creyentes, por otro lado, por fe, creemos que el cielo fue establecido por la Palabra de Dios (He 11:3). El necio niega a Dios, su poder soberano, que es la fuente de la vida y la salvación; él vive para sí y para rehusar al llamado de su conciencia que lo acusa de pecado, niega a quien es la fuente de la salvación y la vida eterna.
Por ello, cuando como creyentes contemplamos la creación, podemos observar el poder creativo de Dios y ver cómo refleja su gloria, su divino poder y deidad (Ro 1:20); podemos adorarlo, disfrutarlo y pensar en su grandeza. Cuando contemplamos la creación y somos incapaces de darle la gloria a Dios y de dar gracias, nos comportamos neciamente.
El planeta entero está lleno de la sabiduría de Dios; cada detalle de él que hace posible la vida es por la grandeza de nuestro Señor. De ahí que no debemos dejar de alabar a Dios por su creación, ni deleitarnos en ella. Hermanos, no dejemos pasar los días sin contemplar la sabiduría y el conocimiento de Dios en la creación; disfrutemos y gocémonos en ella para elevar a Él una adoración consciente de su presencia; Él ha dado para ello su sabiduría creativa para que la contemplemos.
