“Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado.” Efesios 1:4–6
La elección de Dios tiene un propósito glorioso, uno que todos los que han creído en Cristo ya comienzan a experimentar. Ese propósito es que seamos vistos delante de Él como santos y sin mancha.
Desde el nacimiento hasta la muerte, el ser humano está marcado por el pecado. Esta es la razón por la cual nadie, por sus propios méritos, puede heredar el reino de los cielos (1 Co. 6:9–10). El pecado separa al hombre de Dios, quien es santo y demanda santidad para estar en su presencia.
Sin embargo, aquí radica la grandeza de la elección divina: Dios mismo nos limpia de todo pecado. Por medio de su Espíritu, Él quita toda mancha, de tal manera que delante de Él ya no queda rastro de nuestra culpa (1 Co. 6:11). Así, los creyentes reciben la salvación de sus almas (1 P. 1:9).
Esta limpieza es completamente un regalo. El ser humano no tiene la capacidad de purificarse a sí mismo (Jer. 2:22). Es en este punto donde la obra de la redención se manifiesta con todo su poder: la justicia y santidad de Cristo son imputadas al creyente. De esta manera, ahora podemos estar delante de Dios con la santidad que Él mismo exige.
En su plan eterno, Dios nos ha hecho participantes de su gracia, permitiéndonos escapar de la corrupción del pecado que nos separaba de Él (2 P. 1:4). Y todo esto con un propósito final: que seamos presentados delante de Él como una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga (Ef. 5:27).
Lamentablemente, muchos han menospreciado la santidad. Algunos evitan hablar del pecado o llamar a la iglesia a una vida santa. Pero esto ocurre, en gran parte, porque se olvida el precio que Dios pagó para hacernos santos delante de Él. Además, la Escritura nos recuerda que todos compareceremos ante Cristo para dar cuenta de nuestras obras (2 Co. 5:10).
Es cierto: ya hemos sido santificados en Cristo, y por su sangre nuestra culpa ha sido quitada. Ya no hay condenación para los hijos de Dios. Pero esta verdad no nos lleva a la pasividad, sino a vivir conforme a lo que somos.
Por tanto, vivamos como santos. Que nuestra vida refleje la obra que Dios ya ha hecho en nosotros, mientras caminamos en este mundo, esperando el día en que seremos plenamente transformados y presentados delante de Él en gloria.
