Gozosos en Su poder

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«Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, Y que ninguno de Tus propósitos puede ser frustrado». Job 42:2

Cuando las personas escuchan que Dios es omnipotente, suelen imaginar al Creador de los cielos y de la tierra moviendo los hilos del mundo y realizando grandes maravillas y milagros portentosos. Y ciertamente esto es verdad. La omnipotencia de Dios significa que Él puede hacer todo cuanto se propone y todo aquello que no contradice su propia naturaleza (Jer. 32:27). Para Dios no hay nada imposible ni nada que le resulte difícil (Zac. 8:6).

Sin embargo, la omnipotencia de Dios va aún más allá. Él no solo gobierna los grandes acontecimientos de la historia, sino también las cosas más pequeñas y aparentemente insignificantes de la vida humana. Dios dirige cada detalle conforme a su voluntad y puede hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o entendemos (Ef. 3:20).

Por su poder fue capaz de darle un hijo a Abraham y Sara en su vejez (Gn. 18:14). También transformó la esterilidad en fecundidad, como ocurrió con Ana (1 Sam. 2:5). Y Cristo mismo, la segunda persona de la Trinidad, es quien sustenta todas las cosas con su poder (Col. 1:16–17).

Desde esta perspectiva, podemos comprender que Dios está en control absoluto de todo. Él puede responder nuestras oraciones y escuchar nuestras peticiones. Incluso las necesidades más pequeñas que presentamos delante de Él están bajo su soberano cuidado. Dios puede concedernos aquello que pedimos siempre que esté conforme a su perfecta voluntad (Ef. 3:20).

Cuando decimos que somos hijos de Dios, también afirmamos que el Dios omnipotente está a nuestro favor. Nada puede moverlo de su trono ni frustrar la redención que ha prometido, porque Él es inmutable (He. 6:18). En su poder eterno encontramos consuelo y paz, sabiendo que ni el pecado ni la maldad han podido separar de su propósito a aquellos que Él ha escogido para salvación (1 Sam. 15:29; Mal. 3:6).

Pensar en un Dios todopoderoso que no cambia y que está a favor de su pueblo debería llevarnos a adorarlo y exaltarlo por su grandeza (Ap. 11:17). Junto con toda la creación, la iglesia debe honrar al único que tiene poder para cumplir todo lo que ha determinado.

Pero también debemos entender algo importante: Dios está ejecutando sus planes perfectos, y muchas veces esos planes pueden afectarnos emocionalmente. En momentos de dolor o dificultad podemos clamar a Él y pensar que no nos escucha. Sin embargo, Dios está obrando de manera perfecta para cumplir su propósito final en nosotros: nuestra glorificación.

Por eso, al comprender la omnipotencia de Dios, nuestras oraciones deben ir en dos direcciones. Primero, pedirle que nos ayude a aceptar su soberana voluntad y que guíe nuestro corazón a descansar en Él. Y segundo, pedirle que transforme nuestro corazón para que aprendamos a orar conforme a su voluntad santa y justa.

Hermanos, la voluntad de Dios es perfecta y su plan soberano es inamovible. Lo mejor que podemos hacer es someternos a Él y esperar pacientemente su respuesta cuando oramos. Porque, tanto cuando concede nuestras peticiones como cuando decide no hacerlo, siempre está obrando para el bien de nuestras almas y para conformarnos a la imagen de Jesucristo.