Guiados por el Espíritu a la Palabra

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Pero ante todo sepan esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios. 2 Pedro 1:20–21.

La certeza de que la Palabra de Dios puede guiar nuestras vidas proviene del Espíritu Santo. Esto significa que la dependencia de las Escrituras no es el resultado de la capacidad humana, sino de una obra divina. El hombre natural no puede recibir las cosas de Dios (1 Co. 2:14); por eso, confiar en la Palabra es evidencia de la salvación y de la obra regeneradora del Señor.

Las Escrituras dan testimonio del pecado que domina el corazón de quienes están lejos de Dios (Ro. 3:10–18). El incrédulo está espiritualmente ciego, entenebrecido en su entendimiento e incapaz de buscar la luz del Señor (Ef. 4:18). Cuando comprendemos que es la gracia de Dios la que nos ha llevado a su Palabra, también entendemos la condición del que no cree: no puede y tampoco desea someterse a Dios (Ro. 8:7).

Pero la gracia que nos salvó (Ef. 2:4–5) no solo nos rescató; también transformó nuestra relación con Dios. Ahora tenemos paz y seguridad, y el Espíritu Santo nos guía a la comunión con el Padre y con su Palabra (1 Jn. 2:20, 27). Lo que antes era indiferente o incomprensible, ahora se convierte en alimento, dirección y consuelo para nuestra vida.

Esto representa un llamado y una responsabilidad para cada creyente. El mensaje que puede alcanzar al incrédulo es la Palabra, y el consuelo que puede sostener al creyente en medio del pecado, el dolor y las luchas de este mundo también es la Palabra (1 Co. 2:6–16). No existe otra fuente de poder, de salvación ni de vida eterna.

La salvación que Dios ha garantizado para su pueblo también asegura la paz que proviene de sus promesas. Las Escrituras traen ánimo al cansado, esperanza al afligido y firmeza al que lucha. La gracia de Dios no terminó cuando nos salvó ni cuando nos dio su Espíritu; continúa obrando, guiándonos hacia la piedad y preparándonos para el día en que nuestra salvación será plenamente consumada en Cristo.

Hermanos, así como el Espíritu nos llevó a reconocer la verdad de las Escrituras, también debemos anunciar la Palabra a los incrédulos, confiando en que Dios los alcanzará de la misma manera que nos alcanzó a nosotros (Ro. 10:14, 17).

Y en lo personal, no descuidemos el poder de la Palabra ni la necesidad que tiene nuestra alma de la guía del Espíritu Santo. Allí encontramos dirección, fortaleza y la voz de Dios que nos sostiene cada día.