Herederos para la gloria de Dios

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También en Él hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de Aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad, a fin de que nosotros, que fuimos los primeros en esperar en Cristo, seamos para alabanza de Su gloria. Ef 1:11-12.

Cuando la Biblia enfatiza la obra soberana de la redención en Cristo, debemos tomarla con toda seriedad. En esa misma obra, el beneplácito de Dios nos ha concedido bendiciones que muchas veces pasamos por alto. Sus promesas son fieles y verdaderas, y debemos aferrarnos a ellas con confianza (He. 10:23).

La Escritura nos enseña que en Cristo hemos recibido una herencia: una esperanza viva, eterna e incorruptible (1 P. 1:3–4). Esta herencia no se desgasta ni desaparece, sino que está reservada en los cielos para cada creyente. Por esta razón, el cristiano puede ver la muerte no como pérdida, sino como ganancia (Fil. 1:21), pues le introduce a la plena comunión con su Redentor.

Aunque no comprendemos en su totalidad la magnitud de esta herencia, sabemos que todas las promesas de Dios son verdaderas y se cumplen en Cristo (2 Co. 1:20). Pablo afirma que los creyentes participan de todo en Él (1 Co. 3:22–23). Este es el propósito de Dios para aquellos a quienes ha salvado: darles vida eterna y hacerlos partícipes de su gloria.

El propósito final de todo esto es claro: que seamos para alabanza de su gloria. Dios no solo nos salva, sino que nos conduce hacia la eternidad, preparándonos para disfrutar de su presencia y para desearla cada vez más.

Debemos reflexionar en esto: Dios nos ha dado mucho más de lo que merecemos. Nos ha rodeado de promesas que, aunque a veces ignoramos, siguen siendo firmes porque dependen de Él, no de nuestra memoria ni de nuestra fidelidad (Ro. 8:17).

Hermanos, todas las promesas que tenemos en Cristo se cumplirán. La pregunta es si las estamos esperando y anhelando. Cada promesa debe dirigir nuestro corazón hacia la gloria futura y despertar en nosotros el deseo de estar con el Señor (Ap. 22:20).

Lamentablemente, muchos han dejado de anhelar a Dios porque se han conformado con el bienestar temporal de este mundo. Cuando el corazón se aferra a lo terrenal, pierde de vista la esperanza eterna.

No pequemos de esta manera. Volvamos nuestra mirada a Cristo, recordando la herencia que nos espera, y vivamos hoy para la alabanza de su gloria.