Jesús, fuente de salvación eterna.

a large wooden cross on top of a stone wall

Jesús le respondió: «Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva». Jn 4:10.

 En los evangelios se relata el encuentro de la mujer samaritana y Cristo y el impacto positivo que tuvo, los samaritanos que escucharon el testimonio de esta mujer les fue concedido creer. La mujer estaba impaciente por encontrar respuestas y validar su fe; los samaritanos y los judíos adoraban en lugares aparte desde que el reino se dividió y ella pretendía que un profeta le validara su postura. Jesús le estaba mostrando el evangelio, le estaba diciendo que Él es la fuente de vida, pero al parecer esto a ella no la conmovió tanto.  

 Hay detalles impresionantes de esta conversación que han sido ampliamente tratados por textos, pero Jesús y la samaritana, primero, las mujeres no hablaban con hombres extraños en público y los samaritanos y los judíos se guardaban cierto rencor que los alejaba; además, la contaminación ceremonial que implicaba beber del cántaro de una mujer adúltera. Claramente, Jesús no iba a ser contaminado, pero todos estos aspectos están fluyendo en esta conversación: un maestro judío hablando con una mujer samaritana y pecadora, además pidiendo agua de su mismo cántaro; es algo que sin dudas dejó a la mujer perpleja. Ahora se encuentran ellos dos que estaban hablando de dos temas diferentes; la mujer quería beber del agua del pozo, Jesús le estaba ofreciendo agua de vida eterna.

 Jesús se ha mostrado hasta ahora paciente con la mujer, ofreciéndole agua, una de vida eterna, que fue profetizada (Ez. 36:25–27), que no estaba al alcance humano, ni física, emocional ni racionalmente. El Señor está ofreciendo salvación y vida eterna a alguien que ni la busca ni la entiende (14); su mente sigue pensando en el agua que le quitará la sed, y no en el cordero que quita el pecado del mundo.

 La incredulidad y la situación que se manifiesta en este texto es la realidad de toda persona; el ser humano no anda en busca de Dios, porque no puede ni quiere (1 Cor 2:14). Además, el amor de Dios, paciente y amoroso para llevar el evangelio a los oídos de esta persona, ha sido la misma manera en que ha tratado con todos; el ser humano solo busca un beneficio propio, pero nunca ve lo espiritual como una necesidad hasta que Cristo abre los ojos del pecador. No solamente Jesús vino a dar su vida, sino también a mostrarse como salvador del mundo, un Salvador que al parecer la gente no quería ni apreciaba (Jn 1:11–13). 

 La forma afectuosa en la que el Señor se presenta para convencernos es por medio de su Santo Espíritu (Jn 16:8); en este relato del evangelio se viera representada cada persona a la que Dios ha salvado. Parece que es el mismo proceso de amor y misericordia y por eso el evangelio al que fuimos llamados toma más relevancia. Y es algo por lo que debemos adorar a Dios por la paciencia y el amor con que nos salvó. Nos buscó cuando no lo buscábamos, cuando no sabíamos que lo necesitábamos, y nos salvó cuando no sabíamos que estábamos perdidos, ese es el gran amor de Dios para los pecadores por todas las generaciones.