La autoridad transformadora de la Palabra

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¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del Señor! Salmo 119:1

El impacto de la Biblia a lo largo de la historia y en todo el mundo es innegable. Muchos la han menospreciado, afirmando que es solo un libro. Sin embargo, para ser “solo un libro”, se ha convertido en el más vendido de todos los tiempos. Ninguna otra obra se acerca siquiera a su alcance y distribución.

Pero su impacto va mucho más allá de los números. La Biblia ha transformado sociedades, ha cambiado culturas y ha moldeado vidas conforme a la voluntad de Dios. Esto nos lleva a una pregunta importante: ¿de dónde proviene su autoridad? ¿Qué la hace tan poderosa y persuasiva? Para que tantas personas la busquen y sean transformadas por ella, no puede ser un libro común.

La misma Escritura responde: ella es la Palabra de Dios (Mr. 7:13). Fue la proclamación de esa Palabra la que llevó a muchos a conocer al Señor y recibir su salvación (Hch. 13:48–49). La Biblia tiene poder para cambiar los corazones porque da testimonio de Cristo y de la obra redentora de Dios (Jn. 5:39). Por eso, es la única guía segura hacia la vida eterna.

Las Escrituras no necesitan estrategias humanas para ser efectivas. Su autoridad y poder provienen de Dios mismo. Una persona puede ser transformada por el Señor al leer su Palabra, aun sin la presencia de un predicador. Sin embargo, un predicador será estéril si se aparta de las Escrituras. Por eso, quienes enseñan deben manejar fielmente la Palabra de verdad (2 Co. 2:17; 4:2).

La Biblia es más poderosa de lo que podemos comprender: convierte el alma, restaura el corazón y da sabiduría al sencillo (Sal. 19). No es el hombre quien produce el cambio; es Dios obrando por medio de su Palabra, la cual quebranta el corazón y nos hace volver a Él.

A lo largo de la historia, muchos gobiernos han intentado oponerse a su mensaje e incluso han prohibido su lectura. Esto ocurre porque la Palabra afirma la autoridad suprema de Dios por encima de cualquier poder humano.

Por eso, cuando la iglesia se reúne y las Escrituras son abiertas, debemos hacerlo con reverencia y disposición para escuchar la voz del Señor. Una congregación que menosprecia la predicación o que no le da la debida importancia a la Palabra no comprende el medio que Dios ha establecido para transformar a su pueblo.

Hermanos, ya que tenemos el privilegio y la libertad de leer y escuchar la voz de Dios, no la descuidemos ni la tratemos con ligereza. Busquemos cada día el consejo del Señor, para que nuestras vidas sean transformadas a la imagen de Jesucristo.

Nuestra vida personal, nuestras familias y nuestra sociedad no cambiarán verdaderamente hasta que, como creyentes, nos sometamos a la voluntad de Dios y demos a las Escrituras el lugar central en nuestros corazones. Solo así daremos el fruto que el Señor espera de su iglesia en medio de un mundo caído.