La bendición de conocer al Padre de Gloria

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Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Ef 1:17.

Muchas personas andan perdidas en el mundo e incluso dentro de la iglesia porque no entienden el propósito eterno de la vida ni la salvación por la fe. Otros, aunque han creído, desconocen verdaderamente al Autor de la fe y caminan como a ciegas. Es aquí donde la oración del apóstol Pablo cobra profundo sentido: lo mejor que le puede suceder a un cristiano es crecer en el conocimiento de Dios.

Conocer a Dios nos transforma a Su imagen (2 Co. 3:18); nos lleva a ser cambiados de gloria en gloria. A medida que conocemos al Señor, podemos imitar Sus virtudes y despojarnos del pecado que lucha contra nosotros (He. 12:1–2). Por eso, más adelante en la epístola, se exhorta a los creyentes a ser imitadores de Dios (Ef. 5:1).

Además, este conocimiento trae consuelo. Al ser Él el Padre de consolación (2 Co. 1:3), encontramos en Su carácter y en Sus atributos descanso para nuestras vidas. En Sus promesas hallamos fuerzas en los días difíciles y una mayor conciencia de nuestra necesidad de Él. Por esta razón, el discernimiento espiritual es una petición constante en las oraciones del apóstol (Fil. 1:9).

Desde una perspectiva santa, conocer a Dios también nos lleva a una vida disciplinada. Nos impulsa a andar en la santidad que conviene a la casa del Señor (Sal. 93:5) y a aceptar Su corrección para crecer en piedad (He. 12:9). Conocer al Padre en este sentido nos ubica en una relación de reverencia, obediencia y transformación continua.

Asimismo, conocer y adorar a Dios transforma nuestro corazón, nuestra mente y nuestro espíritu. Al ser conscientes de Su gloria, de la salvación y de Su justicia, entendemos cuán lejos estamos de Su santidad y crece en nosotros el deseo de ser como Él. Al reconocer que toda buena dádiva proviene de Él (Stg. 1:17), nuestro corazón se llena de gratitud.

Por eso, la oración de Pablo debe ser también la nuestra: pedir a Dios un conocimiento verdadero de Él, para no ser desviados por tradiciones humanas o falsas enseñanzas acerca de Su gracia (Col. 2:8).

Los creyentes que se dedican a conocer a Dios y a cultivar comunión con Él no se perderán en la confusión de este mundo. Sabrán hacia dónde ir, cómo vivir y cómo conducirse, porque están siendo transformados a la imagen del Padre en santidad, carácter y afectos. Dios quiere que seamos portadores de Su gloria y de Su evangelio, y esta tarea solo es posible cuando tenemos un conocimiento verdadero y profundo de Él.