Así dice el Señor, el Rey de Israel,
Y su Redentor, el Señor de los ejércitos:
“Yo soy el primero y Yo soy el último,
Y fuera de Mí no hay Dios. Is. 44:6
Como seres finitos, los seres humanos enfrentamos muchas incertidumbres acerca del futuro, de lo que vendrá y de lo desconocido. El miedo a la muerte, a la soledad y a la eternidad son temores comunes entre los hombres que están muertos en sus delitos y pecados (Ef. 2:1). En realidad, es comprensible que el ser humano tenga estos temores, pues vive separado de Dios, quien es el Creador de los cielos y la tierra y el Juez de su propia creación.
Ante la realidad de lo efímero de la vida humana y la incertidumbre del tiempo, la existencia de un Dios eterno puede traer verdadera tranquilidad y paz al corazón. Una vida alejada de Dios está llena de incertidumbre y temor; el desconocimiento de lo eterno le quita la paz al hombre y lo lleva a hundirse cada vez más en su pecado (Ro. 1:28–32). Pero el conocimiento del Dios eterno produce algo diferente: temor reverente y, al mismo tiempo, verdadera paz.
Los hombres realmente pueden conocer a Dios. Ese conocimiento genera reverencia, pero también seguridad para el futuro. En Cristo, Dios mismo se ha revelado para que los hombres puedan conocerlo (Col. 2:9) y encontrar descanso para sus corazones. A medida que crece nuestro conocimiento del Señor, también crece la paz que llena nuestra vida.
El temor a la muerte comienza a desvanecerse cuando el hombre conoce al Dios eterno: al que estaba desde el principio (Gn. 1:1), al primero y al último (Is. 44:6), al que gobierna la historia y tiene poder para vivificar el corazón de los hombres (Is. 57:15). Cuando los atributos de este Dios perfecto se van revelando y arraigando en el corazón de los creyentes, muchos de los temores humanos comienzan a desaparecer.
La eternidad gloriosa de Dios es lo que trae esperanza a la vida breve y frágil del hombre. La salvación y la vida eterna ofrecidas por Cristo (Jn. 3:16) dan testimonio de la obra divina para que los hombres tengan paz al reconciliarse con Dios y tener esperanza en la eternidad.
Pensar en la eternidad de Dios desde la teología no es solamente reflexionar sobre uno de sus atributos; es contemplar la misma esperanza que ahora tienen los creyentes. La gloria de Dios será revelada a todos aquellos que han sido salvados. Cuando los creyentes meditan en la eternidad del Señor, entienden que sus promesas son tan firmes y eternas como el mismo Dios que las hizo.
La eternidad de Dios no es solo un atributo más; es parte de su propio ser. Él es inmutable, inamovible y fiel. Y precisamente por eso, quienes una vez estuvieron alejados de su presencia por causa del pecado, pero han sido comprados por Cristo, pueden ahora vivir con esperanza y seguridad eterna.
