Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen. Colosenses 1:15–17
La gracia de Dios se ha hecho evidente al manifestarse a los hombres. Él no se oculta, sino que se revela lo suficiente para que las personas tengan evidencia de su existencia y puedan buscarle y darle la honra y la gloria que merece. Desde el principio, Dios se ha comunicado con su creación y ha mostrado su voluntad sin esconderse. Desde el Edén hasta nuestros días, el Señor se ha revelado a los hombres (Gn. 3:8).
Los profetas escucharon su voz y registraron su voluntad para el pueblo de Dios (Éx. 3:3–4, 19). En el Nuevo Testamento, Dios se ha dado a conocer de manera suprema por medio de Jesucristo, en quien habita toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). De esta manera, Dios mismo ha tomado la iniciativa de mostrarse para que los hombres puedan conocerlo y recibir las bendiciones que Él concede. Los creyentes pueden acercarse a Dios con confianza, porque su carácter y sus bondades han sido revelados.
Incluso la misma creación da testimonio de sus atributos eternos (Ro. 1:18–21). Aquello que para los impíos será motivo de condenación, para los creyentes es un recordatorio constante de la grandeza y el poder del Señor. Al contemplar el mundo que Dios ha creado, los creyentes pueden admirar su sabiduría y su poder creativo.
Sin embargo, la ceguera espiritual de los impíos es tan profunda que no pueden percibir a Dios (Ef. 4:17–18). Aunque la revelación divina está presente, quienes están muertos en sus delitos y pecados no pueden verla ni comprenderla. Incluso cuando Dios se manifestó plenamente en Jesucristo, muchos no le reconocieron, aun viendo su gloria (Jn. 1:10).
Por eso, cada creyente debe comprometerse a buscar a Dios cada día y a conocer su voluntad, la cual ya nos ha sido revelada en las Escrituras. Dios se ha dado a conocer para que la fe de sus hijos crezca y dé fruto (He. 11:1, 6). Su deseo es que disfrutemos de sus bendiciones como hijos, pero ese gozo crece a medida que lo conocemos y cultivamos una comunión más profunda con Él.
Los creyentes pueden actuar neciamente cuando ignoran a Dios durante el día y lo dejan de lado, especialmente cuando descuidan la lectura de las Escrituras. De alguna manera, esto se parece a la actitud de los impíos que, aun sabiendo que existe un Dios verdadero, no le honran ni le adoran (Hch. 17:23).
Hermanos, si Dios se ha dignado buscarnos y salvarnos por su gracia, debemos responder buscándole cada día. Él ha abierto nuestros ojos para que podamos contemplarlo. No volvamos a cerrarlos. Más bien, acerquémonos a Él continuamente, para que nuestra comunión con el Señor crezca junto con nuestra fe y nuestro amor por Él.
