La omnisciencia de Dios debe sustentar el corazón de los creyentes.

Man sits on tractor under a starry night sky in Şebinkarahisar, creating a peaceful silhouette scene.

-”¿Y quién como Yo? Que lo proclame y lo declare. 

Sí, que en orden lo relate ante Mí, 

Desde que establecí la antigua nación. 

Que les anuncien las cosas venideras 

Y lo que va a acontecer.  Is 44:7

Otro de los atributos de Dios que los creyentes deben contemplar y disfrutar es su omnisciencia. Dios lo sabe todo en todo momento; nada escapa a su conocimiento. El Señor no solo conoce las acciones de los hombres, sino también las intenciones, los planes y los deseos del corazón, incluso aquellos que nunca llegan a realizarse.

Este conocimiento eterno de Dios también está relacionado con su obra de salvación. Desde antes de la fundación del mundo, Dios conoció a aquellos que serían salvados (Ro. 8:29). Para los hombres finitos, este conocimiento divino se convierte en un profundo misterio, pues las Escrituras enseñan que fuimos escogidos en Cristo antes de la creación del mundo (Ef. 1:4–5). Esta verdad debe llevar al creyente a maravillarse ante la grandeza de Dios. Su eternidad, su omnipresencia y su perfecto conocimiento de todas las cosas muestran que nada lo toma por sorpresa.

Dios es tan sabio e infinito en su conocimiento que no necesita consejo de nadie (Ro. 11:34). Todo lo que ha determinado es perfecto y suficiente para cumplir sus planes. Nada puede frustrar su propósito ni alterar su sabio consejo. Los cielos mismos dan testimonio de la sabiduría del Señor manifestada en su creación (Sal. 104:24; 136:5).

Nadie puede ocultarse de Dios (He. 4:13). Él ve lo profundo del corazón y conoce lo que ocurre en lo secreto. Por eso puede recompensar a quienes le buscan sinceramente (Mt. 6:6). Sin embargo, este conocimiento infinito también nos recuerda que Dios es insondable para el ser humano. Sus pensamientos y su sabiduría superan nuestra comprensión (Job 11:7–9). Lo que conocemos de Él es aquello que ha querido revelar para nuestro bien.

Incluso la muerte de Jesucristo no fue algo inesperado para Dios. Fue parte de su plan eterno de salvación para los hombres (Hch. 2:23–24). Todo lo que ocurre en la historia se desarrolla bajo el perfecto conocimiento y propósito de Dios, quien obra todas las cosas para su gloria y para que los creyentes sean conformados a la imagen de Cristo (Ro. 8:28).

Por eso, cuando enfrentamos guerras, hambre, persecución, desaliento o dolor en el alma, debemos recordar que Dios lo sabe. Cada pensamiento, cada oración y cada clamor que elevamos en lo secreto es conocido por Él. Esta verdad debe llevarnos a la paciencia y a cuidar nuestro corazón de caer en la incredulidad.

La mente de Dios sobrepasa toda comprensión humana, y precisamente en eso podemos encontrar descanso. Él conoce nuestras peticiones, nuestras cargas y nuestros dolores. Puede auxiliarnos en medio de las pruebas o permitirlas para que nuestra fe sea refinada como el oro (1 Pe. 1:6–9). El Señor no se olvida de su pueblo ni lo abandona; desde antes de la fundación del mundo ha determinado salvarnos y continúa perfeccionando su obra en nosotros.

Por lo tanto, no desconfiemos del plan ni de la sabiduría de Dios. Más bien, oremos para que nuestros corazones comprendan cada día más la grandeza de su ser, y aprendamos a depender de su gracia y de su perfecto conocimiento, más que de las circunstancias que nos rodean.