La piedad y el contentamiento

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Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento. Porque nada hemos traído al mundo, así que nada podemos sacar de él. 1 Timoteo 6:6–7.

La piedad puede entenderse como un andar sano delante de Dios, es decir, la práctica de la santidad. Ser piadoso implica devoción y entrega a Dios. La Biblia enseña que la piedad es un gran medio de ganancia, lo cual significa que el creyente que vive en santidad no ocupa su mente en buscar bienes materiales de manera codiciosa.

Más bien, el creyente se preocupa por agradar a Dios, trabajar con sus manos y contemplar la gracia de Dios en su provisión diaria.

Es importante entender que Pablo no está haciendo una apología de la pobreza, ni está pidiendo que los creyentes hagan votos de pobreza. Lo que él enseña es que la santidad debe ser la prioridad, aunque eso signifique no vivir como los ricos de este mundo. Y si un creyente ha tomado esta decisión, debe hacerlo con contentamiento en Dios.

La piedad es de gran ganancia cuando está acompañada de contentamiento y gozo en medio de las circunstancias. Una persona que vive quejándose difícilmente puede decir que es piadosa, porque en realidad está mostrando que ama las riquezas que no tiene y que su corazón se aleja del gozo que proviene de Dios.

La realidad es clara: nada trajimos a este mundo y nada podremos sacar de él. Mucho de lo que el hombre trabaja termina siendo vanidad. Pero la verdadera ganancia del creyente es celestial, está en Cristo. Por eso una vida de piedad tiene repercusiones eternas, mientras que una vida dedicada únicamente al dinero y a las riquezas terrenales termina siendo una vanidad que se quedará en la tierra.

Las Escrituras nos enseñan a tener contentamiento con el sustento y el abrigo, y a ser agradecidos para no caer en la tentación de la avaricia (1 Tim. 6:8–9). Este es un mandato que se repite constantemente en la Biblia: ser agradecidos y vivir con contentamiento.

Parece que dar gracias no es algo natural para el ser humano. Precisamente por eso, cuando un creyente vive una vida marcada por la santidad, el agradecimiento y el contentamiento, da un poderoso testimonio de que verdaderamente pertenece a Cristo.