Y que el mismo Dios de paz los santifique por completo; y que todo su ser—espíritu, alma y cuerpo—sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Aquel que los llama, el cual también lo hará». (1 Tesalonicenses 5:23–24)
El anhelo pastoral del apóstol Pablo para la iglesia en Tesalónica es que la obra de santificación de Dios se lleve a cabo plenamente en la vida de cada creyente. La santificación es una obra divina que capacita a los hijos de Dios para apartarse del pecado y vivir para su gloria. En las Escrituras, santificar significa separar algo o a alguien para el uso exclusivo de Dios; en el caso de las personas, implica una vida dedicada al Señor y apartada del pecado.
La Biblia presenta la santificación en varios aspectos fundamentales. En primer lugar, está la santificación posicional: delante de Dios, el creyente es declarado santo desde el momento de su salvación, por la obra perfecta de Cristo (He. 10:10, 14). En segundo lugar, está la esperanza futura, cuando los redimidos estarán para siempre en la presencia del Señor, en la ciudad celestial a la que pertenecen (Fil. 3:20–21). Finalmente, está la santificación práctica o progresiva, en la cual el creyente, por el poder del Espíritu Santo, se va apartando del pecado y siendo transformado a la imagen de Cristo (2 Co. 3:18).
En todas estas dimensiones, Dios es la fuente de la santificación. El deseo mismo de agradar a Dios proviene de Él, pues es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, conforme a su buena voluntad (Fil. 2:13). Cuando vemos crecimiento en santidad en la vida de un creyente, no es motivo de sorpresa, sino evidencia de la obra del Espíritu. Nuestra respuesta debe ser una entrega cada vez más profunda y una sumisión completa a Dios, para que sea Cristo quien viva en nosotros (Gá. 2:20).
En cierto sentido, el creyente es llamado a apartarse del pecado, pero no por sus propias fuerzas, sino por el poder de Dios. Cuando alguien intenta alcanzar la santidad mediante el esfuerzo humano, termina cayendo en el legalismo. En cambio, cuando el creyente vive sometido a Cristo y guiado por el Espíritu, es capacitado para abandonar el pecado y crecer en verdadera santidad (Fil. 2:12–13). La victoria cristiana consiste en vivir conscientes de nuestra salvación y de la presencia constante del Señor.
La santificación no es una opción, sino una marca distintiva del creyente. Es parte de nuestro testimonio ante el mundo y nos prepara para dar razón de la esperanza que hay en nosotros (1 P. 3:15). Además, evidencia que ahora pertenecemos a la familia de Dios (He. 2:11). Aunque en ocasiones se nos considere radicales por vivir apartados para el Señor, no existe otro camino: debemos abandonar el pecado y el sistema del mundo, dependiendo plenamente del Espíritu Santo.
Por eso, la Palabra de Dios y la dependencia del Espíritu van siempre de la mano en el proceso de santificación. A través de ellas, el pueblo del Señor es preparado para encontrarse con Él y ofrecer una adoración que sea agradable y aceptable a su Nombre.
