Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros.Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO». Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros. Gl 5:13–15.
La libertad de la que habla la Palabra de Dios en este pasaje se refiere, en primer lugar, a la libertad de la ley en su forma legalista, tal como la entendían los judaizantes. Ellos sostenían que la ley podía contener el pecado y producir santidad por sí misma. Por otro lado, había quienes, al proclamarse libres de la ley y del ritualismo, caían en el extremo opuesto: usaban la libertad como excusa para dar rienda suelta al pecado. Así surge una tensión peligrosa entre legalismo y libertinaje.
La verdadera libertad del creyente es un don de Dios (Jn. 8:36). Es la libertad que solo Cristo puede otorgar, y que Pablo ya ha explicado previamente (Gá. 4:21–31). Sin embargo, esta libertad no es automática en su resultado: debe conducir a la santidad. El problema es que el corazón humano puede fácilmente desviarse; pasar de la libertad al libertinaje, o de la obediencia al legalismo, es más fácil de lo que parece.
La iglesia actual no escapa de esta realidad. A veces se ve una tensión entre quienes buscan orden y quienes reclaman libertad, pero muchas veces esa “libertad” no es la que Cristo ofrece, sino una imitación influenciada por el mundo. Cuando la libertad se separa de la santidad, se convierte en una distorsión peligrosa.
Por eso, es necesario examinarnos constantemente. Tal como advierte la Escritura (2 P. 2:18–21), el libertinaje puede disfrazarse de libertad. Las normas externas no son suficientes para frenar el pecado; lo que verdaderamente transforma es una vida espiritual rendida a Dios. Tanto el legalismo como el libertinaje reflejan un problema más profundo: un corazón que no teme verdaderamente al Señor.
La única manera de usar correctamente la libertad es recordar que vivimos delante de Dios en todo momento. Como dice la Escritura: “Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios” (1 P. 2:16).
La verdadera libertad en Cristo no es hacer lo que queremos, sino tener la capacidad de escoger lo que agrada a Dios. Es la libertad de amar, de servir, de obedecer y de vivir en santidad. Es la libertad de dejar de ser esclavos del pecado para convertirnos en siervos voluntarios de Dios.
Como creyentes, no debemos adoptar el concepto mundano de libertad, que en realidad esclaviza, sino vivir la libertad que
