Los creyentes deben procurar el bien de todos.

Miren que ninguno devuelva a otro mal por mal, sino que procuren siempre lo bueno los unos para con los otros, y para con todos. 1 Tes 5:15.

Los cristianos no siempre actúan conforme al carácter de Cristo; en ocasiones se comportan como si estuvieran lejos del Señor y de su evangelio. No debe olvidarse que seguimos siendo personas que luchan diariamente con el pecado que nos asedia. Quien peca contra Dios, inevitablemente también peca contra los hombres; esta es una realidad innegable de la condición humana caída. Por ello, la Escritura exhorta a los creyentes a guardar el corazón, para no responder al pecado de otros con más pecado.

Devolver mal por mal dentro de la comunidad cristiana es una práctica que no tiene lugar en la iglesia del Señor. La ira descontrolada y el enojo contra los hermanos constituyen un pecado más grave de lo que comúnmente se piensa (Mt 5:22); el propio Señor Jesucristo equiparó estas actitudes con el homicidio. Es posible que dentro de la congregación alguien hable mal de nosotros, nos defraude o promueva chismes (Pr 13:2–3); sin embargo, el deber del creyente es vigilar su corazón para no caer en los mismos pecados ni alimentar deseos de venganza. Precisamente estas áreas son las que el apóstol confronta para preservar la unidad y la santidad de la iglesia.

Entre los cristianos no existe espacio alguno para la venganza personal (Ro 12:19), pues esta pertenece exclusivamente a Dios (He 10:30). Cuando un creyente se siente herido o defraudado, su llamado no es retribuir el mal, sino buscar lo bueno, lo amable y lo verdadero (Fil 4:8), incluso hacia quienes le han hecho daño. Dios demanda un trato marcado por la gracia y no por el desprecio (Ro 12:20–21). Por tanto, ni siquiera el deseo de venganza debería ser tolerado en el pensamiento del creyente.

La Escritura enseña que los cristianos deben procurar el bien de todas las personas, manifestando el amor de Dios en cada área de la vida (1 Co 13:4–7). Este amor es la señal distintiva de los verdaderos discípulos de Cristo (Jn 13:35), pues es un amor que procede de Dios mismo. En este sentido, el apóstol Juan afirma que quien ama es de Dios, pero quien aborrece a su hermano permanece en tinieblas (1 Jn 2:9). Por ello, entre los creyentes, la única actitud permitida es el amor mutuo.

El creyente debe comprender que está llamado a reflejar el carácter perdonador de Dios, extendiéndolo a sus hermanos en la fe (Col 3:13). El perdón, entonces, debe ser la primera respuesta ante la ofensa recibida. Asimismo, la iglesia debe confiar en el proceso que Dios ha establecido para la restauración del hermano que ha pecado. En lugar de promover chismes o divisiones, los creyentes deben exhortar con amor y verdad, buscando la reconciliación y el retorno a la santidad conforme al mandato de Cristo (Mt 18:15).

Amados hermanos, Dios ya nos ha dejado lineamientos claros para tratar a quienes nos ofenden. Los creyentes espirituales están llamados a practicar el perdón y a enseñarlo a aquellos que están creciendo en la fe, para que la iglesia sepa enfrentar el pecado de manera bíblica, pastoral y centrada en la gloria de Dios. Al amar y perdonar a quienes nos han dañado, cumplimos la voluntad divina y glorificamos el nombre del Señor.