Los creyentes deben vivir en paz sabiendo que serán rescatados antes que el juicio inicie. Prt 2

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Que cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces la destrucción vendrá sobre ellos repentinamente, como dolores de parto a una mujer que está encinta, y no escaparán. Pero ustedes, hermanos, no están en tinieblas, para que el día los sorprenda como ladrón; porque todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas.  1 Tes 5:3-5

La humanidad verá los juicios de Dios y aun así seguirá siendo ciega a la verdad de las Escrituras; pensará que hay paz en el mundo, cuando en realidad el juicio está por venir. La razón de este engaño no es más que el surgimiento de falsos profetas que tendrán cegados a los hombres, que los llevarán hasta la destrucción de sus propias almas.

Estos falsos maestros han sido una realidad desde el Antiguo Testamento, donde los hombres se oponían abiertamente a la palabra de Dios (Lam 2:14). Jesús advirtió a los suyos que vendrían y que hay que tener cuidado; no hay que oírlos ni prestarles atención (Mt. 24:5, 11, 24). Estos hombres dirán que profetizan en nombre de Dios, pero en realidad están atrayendo a los hombres por medio de engaños y persuadiéndolos mediante mensajes que quieren oír y que se alinean con sus corazones de pecado (Mi. 3:5).

El final de los tiempos, las señales seguirán a estos falsos maestros y la fascinación de los hombres por lo sobrenatural los hará presos de sus conciencias (Mt. 24:24). Porque los hombres lo que buscan es estar tranquilos lejos de Dios, sin seguirlo ni creerle a su Palabra (Mt. 24:37–39). Pero esta fascinación por lo sobrenatural es lo que los condena porque son incapaces de seguir la verdad de Cristo (2 Tes 2:10–12). En un sentido estricto, los hombres rechazan el evangelio porque lo ven como necedad (1 Co 1:18) y muy sencillo y prefieren los milagros y el engaño que los lleva al infierno.

En este mundo de paz y tranquilidad será cuando realmente el juicio de Dios vendrá, del cual no podrán escapar; después de la ira de Dios sobre ellos en la tierra vendrá el infierno (Ap 21:8). Ciertamente, el mundo no tiene excusas porque la verdad no está oculta, está ahí en sus narices y han decidido desecharla (Ro 1:18–23). A ellos, que prefieren las tinieblas a la verdad del evangelio, no les queda más que la perdición, porque anhelan ver cosas extraordinarias y vivir en paz y tranquilidad; esto solo es reflejo de su necedad.

Ahora, los creyentes somos conscientes de esta realidad y por ello predicamos a Cristo y a este crucificado (1 Co 1:23–25). Aunque es necedad para los que se pierden, es el único medio de salvación y esta verdad del evangelio nos mantiene seguros. De manera que los eventos últimos no nos tomarán por sorpresa porque esperamos de los cielos a Cristo (Fil 3:20-21). Como nuestra esperanza está segura, ningún engañador vendrá a cambiar nuestra fe. Así haga descender fuego del cielo, nuestra esperanza debe seguir firme en Cristo.