Pero ustedes, hermanos, no están en tinieblas, para que el día los sorprenda como ladrón; porque todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos alerta y seamos sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan. 1 Tes 5:4–7.
La oscuridad, que es una característica de los incrédulos, donde la luz no alumbra, el evangelio no reina; entonces el pecado hace a los hombres esclavos de sus propios deseos y los ha capturado para que no puedan ver la luz de Cristo. En esta oscuridad se encuentran condenados e incapaces de ver el fin de los tiempos, y eso los ha condenado (Jn. 3:19–20); esta es la diferencia absoluta con los creyentes.
Los cristianos andan en la luz, así que la venida del Señor no les sorprende; es más, lo que más sorprende es que no ha venido aún. Los creyentes desde la venida del Espíritu Santo han esperado con gozo la venida de Cristo y todas las generaciones de creyentes pasan esta esperanza a la siguiente. Un cristiano, por tanto, debe recordar esta promesa para que no lo sorprenda la venida de Cristo.
Los creyentes no somos de las tinieblas como para andar a ciegas; esa luz de Cristo ha venido a alumbrar el camino de los creyentes para siempre (Jn. 8:12), ya no andan a tientas ni en lo espiritual ni en lo práctico (Jn. 3:21). Dios nos ha dejado suficiente testimonio en las Escrituras acerca de la realidad de la vida de quienes fueron adoptados en la fe (2 Co. 5:17).
Dadas estas verdades, los creyentes deben andar en la luz, no andar durmiendo o en las tinieblas; en otras palabras, ser consistentes con la realidad en la que se vive (cp. Ro. 7:14–25). Sí, en verdad tenemos en Cristo, no podemos estar durmiendo o ebrios con los placeres de este mundo. El problema al que podían enfrentarse los cristianos de la primera época era que se olvidaran de la venida de Cristo y se enredaran en el pecado.
Hermanos, no es tiempo de dormir. Hay que trabajar en la viña del Señor, no hay que dormirnos. Tenemos que luchar por el evangelio y por tener nuestras almas vivas esperando la redención en Cristo. Más sabiendo que el diablo anda buscando cómo devorar a los creyentes (1 Pedro 5:8).
Los creyentes no debemos pecar por la pasividad, olvidando que Cristo viene y no preparándonos para ese día; tampoco debemos pecar activamente, como embriagarse, una actitud en la que se puede someter el hombre al pecado de una manera despreocupada y sin ocuparse de lo que Dios demanda y viviendo una vida de pecado. Esperar a Cristo requiere una vida activa en la fe y en el evangelio (Ef. 6:13–17). Hermanos, no nos durmamos, esperemos ansiosamente a Cristo, trabajando y ocupándonos en su obra, no como los impíos que no se preocupan, no se ocupan en Dios.
