Los creyentes deben vivir en paz sabiendo que serán rescatados antes que el juicio inicie. Prt 4

Starry night sky over a silhouetted mountain peak.

Pero puesto que nosotros somos del día, seamos sobrios, habiéndonos puesto la coraza de la fe y del amor, y por casco la esperanza de la salvación, 1 Tes 5:8.

Pablo vuelve a enfatizar esta verdad (1 Tes 5:6) para dejar claro que los cristianos tesalonicenses, y todos los que han creído en Cristo, no serán parte del juicio que Dios ha preparado para los incrédulos. Es posible que el temor de los hermanos a «perderse» la venida del Señor fuera considerable; por eso, Pablo repite la exhortación a vivir en la luz como una forma de protección espiritual.

En este pasaje, el apóstol explica cómo una persona puede mantenerse sobria espiritualmente. Vivir con sobriedad implica desarrollar ciertas actitudes propias de los creyentes. La primera es “vestirse” con la coraza de la fe y del amor. Esta coraza protegía los órganos vitales del soldado en medio del combate, algo parecido a lo que hoy sería un chaleco antibalas. Esta imagen no es nueva en los escritos de Pablo (cf. Ef. 6:11–12).

El creyente debe cuidar su corazón para no dudar de Dios y para amarlo con todo su ser en todo momento (Mt. 22:37). Cuando el corazón está lleno de fe y de amor a Dios, el creyente puede mantenerse sobrio en un mundo marcado por el pecado y la indiferencia espiritual. No debemos pensar ingenuamente que el amor a Dios no tiene consecuencias visibles. Amar a Dios se manifiesta de manera concreta en el amor al pueblo de Dios (Ro. 13:10).

Además de la coraza, el creyente necesita un casco que proteja su mente: la esperanza de la salvación. Esta esperanza evita que la persona creyente pierda de vista su destino eterno. En lugar de vivir dominados por las preocupaciones terrenales o por temores relacionados con la venida del Señor, la mente debe estar enfocada en la gloria futura y en las promesas que Dios ha hecho a su pueblo.

Hermanos, estar despiertos significa vivir una fe activa, un amor sincero a Dios que se refleja en la vida comunitaria, y una esperanza firme y real. Los creyentes no deben olvidar que Dios ha prometido venir por su pueblo. Cuando un cristiano aparta su mirada de esta promesa, comienza a adormecerse espiritualmente y corre el riesgo de no estar preparado para esperar al Señor en gloria.