Los creyentes deben vivir en paz sabiendo que serán rescatados antes que el juicio inicie. Prt 5

red moon during nighttime

Porque no nos ha destinado Dios para ira, sino para obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que ya sea que estemos despiertos o dormidos, vivamos junto con Él. Por tanto, confórtense los unos a los otros, y edifíquense el uno al otro, tal como lo están haciendo. 1 Tes 5:9–11.

La Escritura enseña con claridad que el juicio de Dios vendrá sobre todos aquellos que se oponen al evangelio y rechazan a Jesucristo. En ese sentido, comprender la salvación cristiana implica reconocer que, por pura gracia, hemos recibido una promesa de vida eterna, cuando en realidad lo que cada ser humano merece es la condenación eterna (Apocalipsis 21:8). Quienes persisten en negar el evangelio y hacen oídos sordos al llamado de Dios enfrentarán un juicio justo y eterno (2 Pedro 2:9).

Sin embargo, esta realidad no debe producir temor en los creyentes. La Palabra afirma que Dios no ha destinado a los cristianos para sufrir en el día del juicio, sino para heredar el Reino de los cielos preparado para ellos desde la fundación del mundo (Mateo 25:34). Desde una perspectiva general, la preocupación de los hermanos en Tesalónica se disipa al recordar que Dios los salvó el día en el que los llamó con un llamamiento santo, conforme a su elección eterna (Efesios 1:4). Por esta razón, la Escritura declara con firmeza: “Ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

La obra redentora de Jesucristo tiene como propósito asegurar la salvación y la vida eterna de los creyentes. Por medio de su muerte, tenemos una esperanza firme que trasciende la muerte misma. Su justicia nos ha sido imputada, para que en Él tengamos una salvación segura y completa (2 Corintios 5:21). Cristo se entregó voluntariamente por nosotros, y la seguridad de nuestra salvación permanece anclada en su obra perfecta y suficiente (Gálatas 1:4; 3:13).

Por tanto, ya sea que la muerte nos alcance o que permanezcamos vivos hasta la venida de Jesucristo, nuestros corazones deben mantenerse firmes en la esperanza cristiana. Durante su ministerio terrenal, el Señor enseñó a sus discípulos que la vida eterna es una realidad presente para todos los que creen en su Palabra (Juan 5:24). Si Cristo vive, entonces también vivirán aquellos que han puesto su fe en Él (1 Corintios 15:20–22). Sin duda, estas promesas fortalecieron el corazón de los creyentes, animándolos a perseverar en una vida de fe y obediencia.

Mientras peregrinamos en esta tierra, es fundamental que nos confortemos mutuamente con la esperanza de la vida eterna y que, mientras aguardamos la venida del Señor, nos dediquemos a edificar a la iglesia mediante la enseñanza fiel de las Escrituras. Una iglesia que anhela el regreso de Cristo se distingue por predicar la Palabra de Dios, cuidar el corazón de los creyentes y promover la edificación mutua.

Hermanos, cada uno de nosotros debe vivir con el anhelo de la patria celestial. En este camino, estamos llamados a ocuparnos diligentemente en la obra del Señor, en el ministerio de la iglesia y en la proclamación del evangelio. Cuando no perdemos de vista la venida de Cristo, nuestro deseo se orienta naturalmente hacia la expansión del Reino de los cielos. No olvidemos, entonces, nuestra comisión en la tierra, para vivir ocupados en la esperanza eterna que tenemos en Cristo Jesús.