Pues ustedes saben qué preceptos les dimos por autoridad del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual; que cada uno de ustedes sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión degradante, como los gentiles que no conocen a Dios. 1 Tes 4:2–5.
En un mundo tan sexualizado y libertino, este mandamiento se hace necesario repetirlo una y otra vez. El matrimonio hoy parece estar en peligro de extinción; las personas dicen no querer comprometerse con sus parejas mientras viven con ellas bajo el mismo techo y con familias formadas. Lo que hay en la actualidad es una rebelión en contra de Dios, de su diseño de familia y de la santidad.
La Biblia señala abiertamente que el matrimonio es una institución divina que nace en el seno de Dios mismo (Ge 2:21–22); el matrimonio, por lo tanto, es una entidad sagrada hecha por Dios para unir a dos personas en una sola carne (Mt 19:4–6). Todo lo que el hombre haga para intervenir, oponerse o estropear este diseño es abominable.
El adulterio es una cuestión que se está tomando a la ligera, pero que la Biblia condena. Pablo también está interesado en que los creyentes sepan que este pecado puede estar tocando la puerta de sus corazones y deben cuidarse de él. Como cristianos no debemos menospreciar este pecado; debemos cuidarnos de la sensualidad, la lujuria, el adulterio y todos los pecados que muchas veces no queremos atacar.
El adulterio no inicia con las relaciones sexuales, comienza con la codicia del corazón, lo cual Dios también ha condenado (Ex 20:17), desde el deseo del corazón de una persona hasta la consumación del pecado; todo ese proceso ha sido un constante pecar (Mt 5:27–28). Si en medio de la iglesia se pueden ver estos indicios, deben atacarse antes de que el pecado sea más grande; estas transgresiones no deben ser toleradas en la iglesia del Señor (Ef. 5:3).
Ciertamente, luchar contra el adulterio y la fornicación son tareas arduas porque se cuajan en el corazón de las personas hasta que se consuman. Pero hay ciertas actitudes que contribuyen y que sí podemos contener o condenar para que el pecado no crezca entre nosotros. Pecados como la sensualidad en la vestimenta de hombres y mujeres, películas y series que instan o que blanquean este tipo de pecados, entre otras acciones que se pueden tomar para no contribuir a la carne (Col. 3:3-5).
La iglesia como cuerpo de Cristo debe estar preocupada y ocupada en la santidad de los miembros de la congregación, y debe estar vigilante para que el pecado del adulterio no encuentre cabida. Las consecuencias de este pecado en medio de la iglesia son desastrosas; por ello no debería tomarse a la ligera esta exhortación que nos hace la Biblia, cuidarnos los unos a los otros y tratar de caminar a la santidad y encaminar a otros. La iglesia en el mundo debe estar preparada para luchar contra este pecado tan destructivo.
