Luchar contra el adulterio ha sido necesidad constante en la iglesia de todas las épocas. Prt 3.

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Pues ustedes saben qué preceptos les dimos por autoridad del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual; que cada uno de ustedes sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión degradante, como los gentiles que no conocen a Dios. 1 Tes 4:2–5.

El mandamiento de Dios para el matrimonio es que cada uno debe tener conciencia y dominio sobre su propio cuerpo. Que cada esposo tenga deleite en su propia esposa de manera que no caiga en pecado de adulterio. Pablo usa una metáfora para referirse a la esposa al igual que Pedro (1 P. 3:7), lo que en el fondo la Palabra nos manda es a honrar el matrimonio.

El matrimonio como entidad divina debe ser tratado de esta manera; la superficialidad, la falta de compromiso y de amor son el acabose de cualquier relación marital. Aunque el mandamiento parece dirigido a los varones, no está de más aclarar que tanto hombres como mujeres. En un mundo tan corrompido y de tan grandes niveles de inmoralidad donde se justifica el adulterio y hasta se celebra, la iglesia debe presentar oposición y debe ser ejemplo de una vida de pureza en el matrimonio como en todas las áreas de la vida.

Los creyentes deben saber luchar contra las pasiones que hay en su cuerpo; deben saber someterlas por medio del poder del Espíritu Santo que mora en cada cristiano (Gá. 5:16). La libertad sexual que promulga el mundo no es solo más que el mundo que ha sido arrojado a sus propias pasiones (Ro 1:27–28); de la misma manera es condenable a quienes practican estos pecados, pero también a aquellos que la aprueben (Ro 1:32).

En este sentido, la iglesia debe tener voz suficiente para oponerse a las políticas y a las prácticas que estimulan estos comportamientos dentro del seno de la iglesia. El pecado no debe reinar en medio de los creyentes (Ro. 6:12). Los impíos que no conocen a Dios se desbocan hacia esos pecados; la iglesia se aparta de ellos; la fornicación es un pecado contra el mismo cuerpo (1 Co. 6:15–20). Ciertamente, la iglesia no se puede apartar de este mundo, pero sí debe apartarse de aquellos que dicen ser cristianos y andan en pasiones desordenadas y que atentan contra el matrimonio (1 Co 5:11–13).

Honrar el matrimonio es una tarea del corazón; hay que estar pastoreando a los creyentes y a los matrimonios para que la santidad en el matrimonio sea una realidad. Además, se debe entender que la inmoralidad no es un acto físico, sino una cuestión del corazón; a medida que una persona es controlada por el Espíritu, dejará de luchar contra estas pasiones (Gá. 5:16).

El mandamiento para la iglesia en este tema es que cada uno presente su cuerpo como sacrificio vivo y santo (Ro. 12:1–2). Haciendo esto, se alejará de todas las acciones que puedan desencadenar en el pecado del adulterio, atacará aquellas que pueden aparecer y se santificará para buscar la gloria de Dios.