¿Moda o pecado? La realidad de quienes hoy se autoperciben como animales

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Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra». Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Gen 1:26–27

Introducción

En los últimos días ha habido un boom en torno a un tema que, aunque no es nuevo, ha recibido una cobertura mediática extraordinaria. Los conocidos como therian están hoy en numerosos medios de comunicación, y se les han dado múltiples espacios para hablar y difundir sus creencias. Ante este fenómeno, surge una pregunta importante: ¿cómo debemos responder los cristianos? ¿Cuál debe ser la postura de los creyentes?

En primer lugar, es importante definir algunos términos. Los therian son una evolución de un concepto más antiguo, la theriantropía, que describe una conexión espiritual o psicológica con un animal. El movimiento más reciente, es decir, el de los therian, se ha popularizado en las redes sociales y agrupa a personas que se identifican como animales y buscan vivir o experimentar, en primera persona, lo que consideran propio de uno. Algunos adoptan conductas que imitan a los animales, como desplazarse en cuatro extremidades o reproducir sonidos y comportamientos propios de ellos. Aunque ciertos casos pueden presentarse de forma exagerada, es importante ser conscientes de hasta qué punto algunas personas han llevado esta práctica.

¿Qué tiene que ver esto con la iglesia?

Al igual que en otras ocasiones, los creyentes se enfrentan a corrientes culturales que influyen en la manera de entender la identidad humana. Así como la iglesia ha tenido que responder a otros extremos ideológicos o culturales, este es un fenómeno que no debe ignorarse. Puede resultar más influyente de lo que parece si no se evalúa a la luz de la Palabra de Dios. En otras palabras, aunque parezca inofensivo, representa una visión del ser humano que entra en conflicto con el diseño divino.

La Biblia no menciona de manera específica este fenómeno. Sin embargo, sí establece principios eternos que deben analizarse a la luz de su mensaje. En primer lugar, Dios hizo diferentes a los animales y a las personas. A los animales los creó según su especie (Gn 1:20–23), pero al ser humano lo hizo a su imagen y semejanza, dándole dominio sobre la creación (Gn 1:26). El problema surge cuando el ser humano intenta borrar esa diferencia. En tiempos recientes, esto se ha visto en la tendencia a humanizar excesivamente a las mascotas, tratándolas como sustitutos de relaciones humanas, y ahora, en casos extremos, en el deseo de identificarse con los animales.

Cuando algunos han advertido desde el púlpito sobre los peligros de una relación desordenada con las mascotas —entendida como un apego excesivo que ignora la naturaleza del animal y distorsiona el orden de la creación—, han sido considerados exagerados. Sin embargo, la realidad es que cuando el ser humano pierde su identidad en Dios, puede distorsionar su identidad hasta niveles extremos.

La Escritura enseña que el ser humano es cualitativamente distinto de los animales. Entre las características que reflejan esta diferencia se encuentran:

  • Conciencia de identidad personal
  • Capacidad de pensar y comunicar conceptos abstractos
  • Juicio y razonamiento moral
  • Autodeterminación
  • Responsabilidad ética

Esta distinción no es cultural ni social, sino teológica: el hombre refleja la imagen de Dios, algo que ninguna otra criatura posee.

La pérdida de la identidad en Dios

Desde el principio, el ser humano también ha mostrado una tendencia a la zoolatría, es decir, a exaltar o rendir un valor indebido a los animales. Dios se ha opuesto claramente a este pecado. La historia bíblica muestra cómo el pueblo de Israel fue juzgado cuando sustituyó la adoración a Dios por representaciones idolátricas (Ex 32), y cómo los profetas confrontaron la falsa adoración (1 Re 18). Esto nos recuerda una verdad fundamental: todo aquello que se aparta del diseño de Dios para la creación, la adoración y la identidad humana constituye pecado y será juzgado por Él. Por más inofensivo que parezca, distorsionar la diferencia entre el hombre y los animales atenta contra el orden establecido por Dios.

Lo que vemos en estos casos es el resultado de una humanidad que, al rechazar a Dios, es entregada a sus propios deseos y pensamientos (Ro 1:21–23). Cuando el ser humano cambia la gloria de Dios por la creación, su mente se oscurece y su conducta se degrada (Ro 1:28–31). En este estado de alejamiento, la capacidad de distorsión moral y espiritual no tiene límites, y surgen continuamente nuevas formas de rebeldía contra el diseño divino.

Un ejemplo bíblico de esta degradación se encuentra en Nabucodonosor. Debido a su orgullo, Dios lo humilló hasta el punto de vivir como una bestia y perder temporalmente su razón (Dn 4:29–37). Este juicio mostró que Dios es soberano sobre los reyes y sobre toda la humanidad. De manera similar, cuando el ser humano rechaza a Dios, termina degradando su propia dignidad y alejándose del propósito para el cual fue creado.

¿Cómo deben responder los cristianos?

La respuesta bíblica debe ser equilibrada y fiel a la verdad.

  1. Discernir el fenómeno con una cosmovisión bíblica
    No debe verse simplemente como una moda inofensiva, sino como un síntoma de una crisis espiritual y antropológica.
  2. Afirmar el diseño de Dios para el ser humano
    La iglesia debe enseñar con claridad la dignidad, el propósito y la identidad del hombre como portador de la imagen divina.
  3. Examinar la propia vida
    Antes de señalar los errores culturales, los creyentes deben apartarse de todo pecado que distorsione su comunión con Dios o su identidad en Él (Ro 12:2).
  4. Proclamar la verdad con llamado al arrepentimiento
    El evangelio no solo confronta el pecado, sino que ofrece restauración. La tarea de la iglesia es anunciar la verdad con firmeza, pero también con el propósito de que las personas se vuelvan a Dios.

Conclusión

Debemos identificar este fenómeno como una distorsión del diseño de Dios y no simplemente como una moda cultural. En segundo lugar, es necesario examinar nuestra propia vida y apartarnos de todo pecado que distorsione nuestra identidad en Dios, como la idolatría o cualquier afecto desordenado hacia la creación. Finalmente, la respuesta cristiana debe incluir una postura clara frente al pecado, pero también un llamado al arrepentimiento. La iglesia está llamada a denunciar el error, pero también a anunciar la esperanza del evangelio a quienes han perdido su identidad en Dios. Por lo tanto, los creyentes deben oponerse a toda visión que distorsione el diseño divino para el ser humano, afirmando con claridad la verdad bíblica y llamando