Muertos al mundo, vivos en Cristo

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“Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios.” Colosenses 3:3

Cuando una persona muere, todas sus obligaciones terrenales terminan. El mundo ya no puede reclamarle deudas, juicios ni responsabilidades; todo queda atrás en el momento de la muerte. De la misma manera, el creyente debe considerarse muerto al mundo y a su sistema, pues ha sido hecho una nueva criatura en Cristo (2 Co. 5:17).

El creyente ha muerto al pecado. Así como un esclavo que muere deja de estar bajo el dominio de su amo, el cristiano, que antes era esclavo del pecado, ahora ha sido liberado de su poder. Por lo tanto, ya no le debe obediencia ni está sujeto a su dominio.

Al identificarse con Cristo en su muerte y resurrección, el creyente participa de esta nueva realidad: su vida ahora está escondida con Cristo en Dios. Esta verdad implica seguridad, pertenencia y transformación. Además, las Escrituras enseñan que participamos de la naturaleza divina (2 P. 1:4), lo cual sigue siendo un misterio profundo. No comprendemos plenamente lo que somos ni lo que llegaremos a ser, pero tenemos la certeza de que, cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él (1 Jn. 3:2).

La vida del creyente está guardada en Cristo. Nadie puede arrebatarnos esta vida, pues está segura en Él. Aunque ahora vivimos en este mundo, nuestra verdadera vida está oculta, protegida por Dios, y será plenamente revelada cuando Cristo vuelva.

Por esta razón, los creyentes deben vivir fundamentados en esta verdad: hemos sido hechos nuevos, y nuestra vida pertenece a Cristo. Como muertos al mundo, debemos abandonar su sistema, sus valores y los “dioses” que buscan esclavizarnos nuevamente.

También estamos llamados a ser testigos de Cristo, de su poder y de su resurrección. Sin embargo, algunos creyentes se avergüenzan del evangelio porque no quieren ser confrontados por sus pecados, o porque en sus vidas no se evidencia su poder transformador.

La vida en Cristo demanda santidad (1 Pe. 1:15–16), compromiso con el pueblo de Dios y un rechazo firme a los principios de este mundo que intentan dominarnos nuevamente. Aunque el mundo se oponga y persiga a quienes deciden no seguir su camino, la vida del creyente está segura en Cristo.

Por tanto, vivamos como lo que somos: muertos al mundo, pero vivos para Dios, esperando el día en que nuestra vida, hoy escondida, sea plenamente revelada junto con Cristo en gloria.