»Ustedes han oído que se dijo: “OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE”. »Pero Yo les digo: no resistan al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. »Al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. »Y cualquiera que te obligue a ir un kilómetro, ve con él dos. »Al que te pida, dale; y al que desee pedirte prestado, no le vuelvas la espalda – Mt 5:38–42.
Cuando somos heridos, el impulso más natural no es acudir a Dios, sino buscar nuestra propia justicia. Queremos equilibrar la balanza, devolver el golpe, humillar al que nos ofendió o al menos ver que reciba algún castigo. En el fondo, creemos que eso es justo. Pero esa reacción revela cuán profundamente arraigada está en nosotros la lógica del reino de este mundo y no la del Reino de Dios.
Jesús cita la conocida fórmula “ojo por ojo, y diente por diente” (Éx. 21:24; Lv. 24:20; Dt. 19:21) para mostrar cómo una ley dada para limitar la violencia fue transformada en una excusa para la venganza personal. Aquella norma no fue entregada al individuo, sino a los jueces, y tenía como propósito frenar el exceso, no promover el “desquite”. Sin embargo, el corazón humano siempre ha querido ocupar el lugar que no le corresponde. Por eso el Señor confronta directamente ese deseo al decir que no resistamos al mal en el ámbito personal. Él no anula la justicia ni minimiza el pecado, sino que nos quita la pretensión de ser jueces de nuestra propia causa.
El problema es más profundo que una reacción impulsiva. Cuando buscamos retribución, actuamos como si mereciéramos algo mejor de lo que hemos recibido. Medimos el pecado del otro con severidad, pero el nuestro con indulgencia. Juzgamos sus acciones, mientras justificamos nuestras intenciones. Así nos consideramos más “buenos” que el prójimo. Sin embargo, a la luz de la Escritura, ninguno de nosotros merece vindicación. Lo que merecíamos era la condenación (Ro. 3:23; 6:23). Toda justicia verdaderamente suficiente es la justicia de Cristo, no la nuestra (2 Co. 5:21).
Cuando exigimos castigo personal o compensación moral, nos colocamos en el asiento del Juez divino. Olvidamos que Dios ha dicho: “Mía es la venganza” (Dt. 32:35). Renunciar a ella no es debilidad, sino fe. Es confiar en que Dios ve, Dios juzga y Dios hará lo recto (Pr. 20:22; Ro. 12:19). Esto incluye aprender a descansar en Dios cuando el sufrimiento viene como consecuencia de obedecerle. El creyente no responde con venganza porque sabe que su causa está segura en las manos del Señor, aun cuando la injusticia permanezca por un tiempo (1 P. 2:19–20).
Esta enseñanza nos llama a aplicaciones concretas: examinar cómo reaccionamos cuando somos ofendidos, qué deseamos secretamente para quien nos ha herido, y si nuestra respuesta brota del orgullo o de la gracia. Nos invita a renunciar al derecho de cobrarnos lo que creemos merecer y a confiar en que Dios puede obrar incluso a través de nuestra mansedumbre. No sabemos si aquella persona que hoy nos hace daño será mañana llevada al arrepentimiento y a la salvación. Al dejar la venganza, no solo honramos la justicia de Dios, sino que también damos espacio a su misericordia (Ro. 2:4).
Al final, nosotros solo podemos vivir así cuando recordamos que Cristo no reclamó justicia para sí, sino que cargó con nuestra injusticia (Is. 53:5–7; 1 P. 2:23). Nosotros aprendemos a descansar en Dios en medio del sufrimiento y a dejar nuestra causa en sus manos, no porque el mal no importe, sino porque el Reino avanza no por la venganza del yo, sino por la justicia perfecta del Rey.
