Mi oración es que los ojos de su corazón les sean iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de Su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de Su poder. Ef 1:18–19.
La oración de Pablo tiene como propósito que Dios obre en los creyentes abriendo los ojos de su corazón; es decir, que tanto sus afectos como su entendimiento sean dirigidos hacia Dios. En este sentido metafórico, los “ojos del corazón” determinan la dirección de la vida espiritual: conducen al hombre hacia la salvación o lo dejan en la condenación (Jn. 3:19).
Una visión correcta de la vida y de las circunstancias solo es posible a través de los ojos de la fe y de la esperanza que tenemos en Cristo. Esto implica andar en la luz, pensar como hijos de luz y vivir conforme a ella (Ef. 5:8). Tal vida solo se logra cuando el creyente fija sus ojos en Jesús y camina en pos de Él (He. 12:2).
La razón por la cual necesitamos esta iluminación es clara: conocer la esperanza de nuestro llamamiento, las riquezas de la herencia con los santos y la grandeza del poder de Dios. Cuando los ojos del creyente son iluminados, comienza a percibir con mayor claridad las promesas de Dios y a vivir con una esperanza firme (Col. 1:27).
Si no tenemos clara esta esperanza ni nos apropiamos de las promesas divinas, nuestra fe comienza a debilitarse. La mente puede desviarse hacia lo terrenal, perdiendo de vista la meta eterna y caminando sin dirección (1 Co. 9:25–27).
Dios se ha comprometido a glorificar a Su pueblo (He. 6:18–20), y Su Palabra se cumplirá, porque Él ha jurado por Sí mismo. En Su propósito eterno, ya ha determinado glorificar a los suyos para que estén para siempre con Él (Ro. 8:30). Esta es una verdad que no debemos olvidar: el plan de Dios se está cumpliendo en nosotros, aunque muchas veces no podamos comprender las circunstancias que nos rodean.
Hermanos, las dificultades y los afanes de la vida pueden nublar nuestra visión espiritual y hacernos olvidar la esperanza que tenemos en Cristo. Por eso, debemos esforzarnos en mantener nuestra mente enfocada en la gloria eterna y en las promesas de Dios. Solo así podremos caminar con firmeza en la fe, perseverando hasta el final, para recibir la corona que el Señor ha prometido a los que aman Su venida (2 Ti. 4:8).
