Oren sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17)
Los creyentes que caminan cerca de Dios aprenden, con el tiempo, que la oración no se limita a momentos específicos, sino que abarca toda la vida. Una de las lecciones más valiosas que he aprendido es la importancia de orar incluso por las cosas más sencillas y cotidianas. Esa práctica cultiva un corazón agradecido y una vida llena de gozo delante del Señor.
El gozo y la dependencia absoluta de Dios producen creyentes que oran. Por el contrario, cuando falta el gozo y la satisfacción en Dios, la oración suele desaparecer de nuestras agendas. No porque no sepamos que es importante, sino porque el corazón ha dejado de descansar plenamente en el Señor.
Así como estar siempre gozosos implica una decisión consciente, también lo es permanecer en la presencia de Dios con gratitud y confianza. La oración debe ser una decisión intencional y una disciplina espiritual constante (Ef. 6:18). A través de ella, la mano de Dios se hace visible en nuestra vida diaria. Orar se aprende, y es el Espíritu Santo quien nos guía cuando no sabemos cómo hacerlo correctamente (Ro. 8:26). Por eso, orar es, en esencia, depender de Dios en todas las áreas de la vida.
La Escritura nos exhorta a orar sin cesar, lo cual demanda más una actitud del corazón que una simple actividad religiosa. Como toda práctica espiritual genuina, la dependencia consciente de Dios transforma la oración en una respuesta natural de un corazón sometido a su voluntad. Habrá días de oración intensa debido a circunstancias difíciles, como ocurrió con Jesús en Getsemaní (Mt. 26:38–46). Sin embargo, los evangelios también muestran que la vida de oración constante fue una marca permanente en su ministerio (Mr. 1:35; 6:46).
Desde su nacimiento, la iglesia ha sido una comunidad dedicada a la oración, y esta debe seguir siendo una prioridad hoy (Hch. 1:14; 2:42). Los primeros líderes de la iglesia comprendieron que el ministerio pastoral requería una dedicación constante a la oración y a la Palabra (Hch. 6:4). A pesar de ello, la oración suele ser menospreciada en muchas congregaciones; no es raro que sea la reunión con menor asistencia. Sin embargo, sin una disposición sincera del corazón hacia la oración, difícilmente veremos resultados espirituales visibles.
Oramos por necesidades diarias, ya sean suplidas o por suplir, como el pan de cada día (Mt. 6:11); por el pecado que nos rodea y nos asedia (Mt. 6:13); y por las pruebas y dificultades que enfrentamos constantemente (Sal. 20:1). Estas son solo algunas razones evidentes para mantener una vida de oración, sin contar las cargas y necesidades de nuestros hermanos en la fe.
Hermanos, si deseamos un crecimiento espiritual genuino, es indispensable vivir en constante comunión con Dios por medio de la oración. Es imposible experimentar verdadero gozo y satisfacción en el Señor sin una vida de oración perseverante. La oración fortalece nuestra fe y nos impulsa a crecer espiritualmente; en la dependencia de Dios, la fe se afirma y se hace visible. No menospreciemos este mandato tan esencial para nuestra vida cristiana. Oremos sin cesar, confiando en que Dios nos oye y provee todo lo que necesitamos conforme a su perfecta voluntad.
