¿Podemos confiar en la Palabra?

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Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. 2 Timoteo 3:16

Por muchos años, los creyentes han dado testimonio de la veracidad y confiabilidad de las Escrituras. Aunque esta ha sido una batalla en todas las épocas, la misma Palabra se defiende a sí misma. Los cristianos no crean su autoridad; simplemente muestran al mundo cómo Dios confirma su verdad.

El mundo se opone a la afirmación de que la Biblia es la Palabra de Dios, pero debemos recordar que convencer a una persona de esta realidad no es una obra humana. Solo el Dios que inspiró las Escrituras puede abrir el corazón para creer en ellas.

Si creemos que Dios creó los cielos y la tierra (Gn. 1–2), no es difícil aceptar que Él también ha preservado y transmitido fielmente su Palabra. En el fondo, la razón por la que muchos rechazan la Biblia no es intelectual, sino espiritual: no creen en el Señor. Esta verdad, lejos de inquietarnos, debe darnos paz. Si hoy creemos, obedecemos y confiamos en la Palabra, es porque Dios mismo ha transformado nuestro corazón.

Podemos confiar en las Escrituras porque ellas dan testimonio de Jesucristo y nos conducen a la salvación (Is. 53; Jn. 5:39–47). Ningún otro libro revela con tanta claridad la obra redentora de Dios ni produce una esperanza tan firme. La Biblia no solo nos muestra el camino de la salvación, sino que también nos asegura que esta obra es real, suficiente y que un día será plenamente consumada.

Entonces, la pregunta no es solo si podemos confiar en la Palabra, sino qué tan confiados estamos realmente en ella. Dios nos ha dado en las Escrituras todo lo necesario para la vida y la piedad (2 P. 1:3), por medio del conocimiento de Él y la obra del Espíritu Santo.

Si creemos en su confiabilidad, debemos acudir a ella como nuestro refugio. En la Palabra encontramos consuelo, dirección y una visión clara de Dios cuando las circunstancias, el pecado y las dificultades parecen opacar su gloria. La voz que inspiró las Escrituras es la misma que hoy anima y fortalece a quienes las leen con fe.

Muchas veces no escuchamos la voz de Dios simplemente porque no abrimos su Palabra ni cultivamos comunión con ella. Así como el Señor nos convenció de nuestra necesidad de arrepentimiento, también debemos buscar constantemente su consejo y dirección.

Amados, no perdamos la oportunidad de escuchar a Dios por pereza o negligencia. A nuestro alcance está su Palabra viva, capaz de guiarnos, sostenernos y prepararnos para el encuentro con Él.