En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. Efesios 1:4–6
La razón de la salvación y de la vida eterna es el amor de Dios. Desde una perspectiva teológica, esta es la mayor manifestación de amor que la humanidad ha conocido (1 Jn. 4:8). La obra de Dios demuestra no solo su interés, sino también su poder para rescatar a su creación del pecado y de las consecuencias de la desobediencia (Gn. 3:14–15).
El amor de Dios no depende de lo que el ser humano es o hace. Por el contrario, nuestra condición caída solo magnifica la grandeza de su amor, porque este no está basado en méritos humanos, sino en su soberana voluntad. Es Dios quien decide amar y salvar, mostrando así la profundidad de su gracia.
Desde tiempos antiguos, el compromiso de Dios con su pueblo ha sido evidente. Cuando llamó a Abraham, no le exigió nada a cambio para establecer su pacto (Dt. 7:8). No le pidió obras, ofrendas ni méritos; más bien, comprometió su propio Nombre, para que la fe de Abraham descansara únicamente en la promesa divina.
De la misma manera, Dios ha provisto todo lo necesario para que el ser humano alcance la vida eterna (Jn. 3:16). En su plan eterno, determinó rescatar a la humanidad, comprometiendo su Nombre y entregando a su Hijo para que la salvación se cumpliera conforme a lo establecido desde antes de la fundación del mundo.
Este amor se manifestó de manera suprema en la muerte de Jesucristo. Aun en nuestra condición de pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro. 5:8). Ni el pecado ni la maldad humana pueden detener el plan de Dios; su propósito eterno es firme y se cumple conforme a su voluntad.
Por eso, los creyentes debemos recordar cada día la grandeza de este amor. Es un amor que nos sostiene en medio de cualquier circunstancia y del cual nada ni nadie nos puede separar (Ro. 8:39). Hablar de predestinación en amor es hablar de un Dios eterno que, desde antes del tiempo, decidió salvar y guardar a aquellos que, de otra manera, se perderían en su pecado.
Que esta verdad nos lleve a vivir en gratitud, confianza y adoración constante, reconociendo que todo proviene del amor soberano de Dios.
