Predica la Palabra, aunque no quieran escucharla

Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a los mitos. 2 Timoteo 4:2–4

El llamado de Pablo a Timoteo no fue cómodo ni sencillo: predica la Palabra. No le dijo que predicara opiniones, tradiciones o ideas culturales, sino la Palabra de Dios. Y debía hacerlo “a tiempo y fuera de tiempo”, es decir, cuando fuera bien recibido y cuando no lo fuera.

Hoy ese mandato parece más difícil que nunca. El sincretismo religioso, la influencia cultural y el relativismo han hecho que muchos que se dicen creyentes se aburran de la lectura bíblica, cuestionen su autoridad o la rechacen cuando confronta sus tradiciones y deseos personales. Cada vez es más evidente lo que la misma Escritura anunció: vendría un tiempo cuando no soportarían la sana doctrina.

Vivimos días en los que algunos califican la Biblia como anticuada, intolerante o desactualizada. Lo que realmente no soportan no es un estilo literario, sino la santidad de Dios. Cuando el corazón no quiere someterse al Señor, busca maestros que digan lo que desea oír. Así se “amontonan” líderes que adaptan el mensaje divino a los gustos humanos, reflejando más el corazón del hombre que la verdad de Dios.

Frente a esta realidad, el Señor sigue buscando creyentes fieles. Hombres y mujeres que amen su Palabra, que no sean absorbidos por el pensamiento dominante, que llamen al pecado por su nombre y que proclamen el evangelio del arrepentimiento con claridad y compasión. Esto no es fácil. Donde haya fidelidad a Cristo, también habrá oposición. Los enemigos de la cruz siempre se levantarán contra quienes anuncian la verdad.

Sin embargo, no debemos desanimarnos. Luchar por la sana enseñanza es parte de nuestra responsabilidad. Un error grave de la iglesia ha sido pensar que, como el resultado depende de Dios, el esfuerzo no es necesario. Todo lo contrario: porque el fruto lo da Dios, debemos trabajar con mayor diligencia y fidelidad, confiando en que su Palabra no vuelve vacía.

“Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción”. Este no es solo un encargo para pastores; es un llamado para todo creyente que ama la verdad.

Hermanos, que no seamos parte de los que buscan mensajes que acomoden sus deseos, sino de los que aman la sana doctrina. Que permanezcamos firmes en la verdad, aunque el mundo no quiera escucharla. Porque solo la Palabra tiene poder para salvar, transformar y sostener hasta el fin.


Si quieres, puedo prepararte una versión un poco más pastoral (menos confrontativa) o una más directa y profética, según el tono que quieras manejar hoy en tu blog.