Redención por su sangre

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En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia que ha hecho abundar para con nosotros. Efesios 1:7–8

La gracia que tenemos en Cristo se manifiesta de manera clara en la redención. La Escritura enseña que esta no es una promesa futura, sino una realidad presente: todo creyente ya ha sido alcanzado por esa obra redentora.

Desde la antigüedad, el medio establecido por Dios para la expiación ha sido la sangre (Lv. 17:11). En el Antiguo Testamento, los sacrificios ofrecidos por los sacerdotes cubrían temporalmente los pecados del pueblo, pero no podían quitarlos de manera definitiva (He. 10:4). Aquellos sacrificios señalaban hacia una obra mayor que habría de venir.

Esa obra se cumplió en Jesucristo. La redención que ahora poseen los creyentes es por medio de su sangre (1 P. 1:18). Él es el Cordero de Dios que, en el cumplimiento del tiempo, fue sacrificado para redimir a su pueblo (Gá. 4:4–5). Su sangre tiene poder para rescatar personas de toda nación (Ap. 5:9–10), pagando el precio de su libertad. Redimir implica precisamente eso: liberar a alguien mediante el pago de una deuda, y Cristo pagó la nuestra al morir en la cruz.

Por medio de su muerte y resurrección, los creyentes han sido limpiados de todos sus pecados (Mt. 26:28). Cristo se hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos hechos justicia de Dios (2 Co. 5:21). Él cargó con la maldición que correspondía a la humanidad (Gá. 3:13), recibiendo sobre sí la ira que nosotros merecíamos.

Esto significa que nuestra salvación fue posible porque Cristo tomó nuestro lugar. Él asumió el castigo del pecado para que nosotros recibiéramos el perdón (He. 9:26, 28). Por esta razón, ya no hay condenación para los que están en Cristo, ni acusación que pueda prevalecer contra ellos (Ro. 8:33–34).

Ahora, libres de condenación y vivificados por su poder (Col. 2:13), los creyentes pueden vivir para la gloria de Dios. La gracia no solo nos ha salvado, sino que ha sido derramada abundantemente sobre nosotros, transformando nuestra vida y dándonos una nueva identidad.

Por gracia, mediante la fe (Ef. 2:8), hemos sido perdonados, limpiados y justificados. Por eso, Cristo es digno de toda adoración. La respuesta natural del creyente es unirse en alabanza, reconociendo la grandeza de la obra que Él ha hecho a nuestro favor.

Que nuestra vida entera sea una expresión de gratitud, adorando al Cordero que nos redimió con su sangre y nos hizo partícipes de las riquezas de su gracia.