El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán. Mateo 24:35.
El mundo se encuentra perdido y desorientado. Cada vez más personas buscan terapeutas, ayudas emocionales y respuestas urgentes para la ansiedad y la confusión. En una era de sobreinformación, muchos son incapaces de distinguir la verdad de la mentira.
Sin embargo, los cristianos tenemos una esperanza real y un lugar seguro donde refugiarnos: la verdad de Dios (Jn. 17:17). No importa lo que el mundo diga o haga, ni cuántos sigan caminos engañosos; los creyentes tenemos acceso a la fuente de toda verdad, y ella es suficiente para guiarnos en esta vida (2 Ti. 3:16).
Dios mismo garantiza la confiabilidad de su Palabra. Al inspirarla, se aseguró de que fuera clara, útil y suficiente para la vida cristiana. No contiene error ni conduce al pecado, porque proviene del Dios santo. Él guio a los escritores bíblicos de tal manera que el resultado final es su propia Palabra, un mensaje seguro donde los creyentes pueden encontrar refugio y estabilidad.
Este tema es de enorme importancia. Cada vez que abrimos las Escrituras, podemos tener la certeza de que es Dios quien nos habla. Y cada vez que la ignoramos, estamos dejando de lado su consejo. Pero cuando acudimos a ella, nos refugiamos en el consejo eterno del Señor, cuya Palabra permanece para siempre (Sal. 119:89).
Además, el mismo Jesucristo garantizó el cumplimiento de las Escrituras (Mt. 5:18). Esto significa que nuestras vidas pueden anclarse firmemente en sus promesas. Si el Señor aseguró que su Palabra se cumplirá, entonces podemos descansar con plena confianza en su fidelidad, en su misericordia y en su bondad.
A medida que conocemos más las Escrituras, nuestra seguridad en Dios crece. La fe se fortalece y el corazón aprende a temblar reverentemente ante el Creador de los cielos (Is. 66:2). Si en algún momento sentimos debilidad o inseguridad, la solución no es alejarnos de la Palabra, sino correr hacia ella. Allí encontramos consuelo, exhortación, corrección, ánimo y todo lo necesario para la vida y la piedad.
Hermanos, en un mundo lleno de incertidumbre, podemos refugiarnos en Aquel que no cambia. Dios es verdadero, y su Palabra permanece firme. No menospreciemos su consejo ni descuidemos su dirección diaria. Refugiémonos en Él, confiando en que nuestras vidas estarán tan seguras como las promesas eternas que nos ha dado y aguardando con esperanza la venida de Cristo.
